Lunes, 24 de Agosto 2026

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El desconcierto

Por: Mario Luis Fuentes

El desconcierto

El desconcierto

México atraviesa por días de alta complejidad que hacen recordar el fantástico título de Octavio Paz, “Tiempo Nublado”. En efecto, a la trama que inició con la solicitud hecha por el Gobierno de los Estados Unidos al Gobierno mexicano, para la detención con fines de extradición del titular del gobierno de Sinaloa, y de 10 de sus funcionarios, se suma el incomprensible regreso a su cargo, y unas pocas horas después, una nueva solicitud de licencia.

La Presidenta Claudia Sheinbaum declaró que se enteró por X de que el gobernador con licencia había decidido reasumir la gubernatura de Sinaloa. La afirmación es difícil de explicar. No se trata de un gobernador cualquiera ni de una Entidad en condiciones ordinarias, lo que obliga a preguntarse por el funcionamiento de los mecanismos de información, interlocución y coordinación política del Estado mexicano.

Sin duda, resulta preocupante la incertidumbre que el episodio introduce respecto de la cohesión en el grupo gobernante. Se ha escrito mucho sobre posibles fracturas en su interior. La información disponible no permite saber hasta dónde llegan esas diferencias ni quiénes participan efectivamente en ellas. Pero el solo hecho de que resulte posible preguntarse si efectivamente una decisión de esta magnitud ocurrió al margen del conocimiento de la Presidenta, muestra la dimensión del problema.

La incertidumbre se proyecta sobre una sociedad que observa una secuencia difícil de comprender y alcanza necesariamente a quienes, desde el exterior, intentan interpretar las decisiones del Estado mexicano. Esto es particularmente delicado en la relación con los Estados Unidos, pues cualquier señal de descoordinación o fractura en México adquiere, bajo estas circunstancias, una dimensión internacional.

Por eso conviene distinguir entre incertidumbre y debilidad. México tiene instituciones, recursos políticos y capacidades suficientes para enfrentar una coyuntura compleja. Pero esas capacidades requieren coordinación, claridad en las decisiones y una conducción política capaz de reducir los márgenes de ambigüedad. 

Es aquí donde el liderazgo de la Presidenta Sheinbaum adquiere una responsabilidad decisiva. Las diferencias dentro de un movimiento político son naturales y, en una democracia, son hasta deseables. Pero otra cosa ocurre cuando esas diferencias amenazan con trasladarse al funcionamiento de las instituciones. México necesita en este momento mesura, tanto dentro del partido gobernante como en su relación con la oposición y con los Estados Unidos. La radicalización de las posiciones puede ser especialmente peligrosa en un país atravesado por organizaciones criminales con enorme capacidad económica, territorial y armada.

Se requiere una estrategia política que reconstruya los espacios del diálogo democrático y fortalezca rápidamente aquellas instituciones cuya función consiste precisamente en producir certeza. El Gobierno tiene la responsabilidad principal, pero no exclusiva. Partidos, gobiernos estatales, poderes públicos, empresarios, universidades y organizaciones sociales deberían comprender que las circunstancias exigen recuperar acuerdos elementales sobre el país que queremos preservar y construir.

Hay además un costo adicional por estas disputas. México sigue enfrentando problemas estructurales que ninguna crisis política debería relegar. La desigualdad continúa definiendo las posibilidades de vida de millones de personas; el crecimiento económico es insuficiente; el empleo digno sigue siendo inaccesible para amplios sectores; persisten enormes brechas regionales y continúan pendientes las promesas de una educación y una salud públicas, gratuitas y de calidad. A ello se añaden la crisis climática, la violencia, las desapariciones y la debilidad de numerosos Gobiernos locales.

Esos problemas deberían ocupar el centro de la conversación nacional, pero México difícilmente podrá enfrentarlos si una parte creciente de su energía política se consume en dirimir disputas internas o en administrar crisis que pudieron evitarse mediante mejores mecanismos de interlocución y conducción.

Los tiempos nublados no anuncian necesariamente la tormenta. Pero obligan a mirar con atención el horizonte. Lo ocurrido alrededor del Gobierno de Sinaloa debería servir para recuperar la política como espacio de entendimiento y construcción de certezas. En las circunstancias actuales, la serenidad, la inteligencia y un indeclinable sentido de patria constituyen condiciones elementales para impedir que el desconcierto se convierta en incertidumbre permanente.

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