Para los habitantes de Guadalajara, la glorieta de La Minerva no es solo un monumento icónico o un punto de referencia en el mapa; es, en palabras del periodista Diego Petersen, el "ombligo" de la ciudad. A través de una visión que trasciende lo geográfico, el columnista reflexiona sobre cómo este espacio se ha consolidado como el epicentro de la vida social, política y cultural de la zona metropolitana.Partiendo de la filosofía del pensador Gutierre Tibón, quien definía al ombligo como el "centro erótico por excelencia", Petersen traslada esta metáfora a la capital de Jalisco. Lejos de referirse a una atracción física, el autor explica que el erotismo de La Minerva reside en su capacidad de convocar la "pulsión de vida" y la celebración colectiva."La Minerva es, pues, el centro erótico porque por ahí pasa la celebración de Guadalajara", sentencia Petersen al describir cómo este lugar ha sido testigo, desde hace décadas, de los momentos que definen la idiosincrasia de sus habitantes.La historia de la glorieta como punto de congregación masiva comenzó a consolidarse a finales de los años 80. En su columna, el periodista hace un recuento de cómo este sitio pasó de ser un punto de reunión para los residentes del poniente a transformarse en el referente inevitable de una Guadalajara que se ha expandido caóticamente hacia municipios como Tlajomulco, Tonalá y El Salto.Entre los eventos que marcaron esta evolución, destacan:La fiesta deportiva: Desde la batucada brasileña en 1986 hasta el campeonato de las Chivas en 1987 tras 17 años de sequía.La conquista política: El triunfo del PAN en 1988 con Manuel Clouthier y, años más tarde, la celebración electoral de Aristóteles Sandoval en 2009.El espectáculo cultural: Momentos singulares como la representación "monumental" de la ópera Aída, calificada por Petersen como un evento tan pretencioso como parte de la memoria urbana.A partir del siglo XXI, La Minerva se consolidó como el escenario definitivo de la Guadalajara metropolitana. Gracias a iniciativas como los conciertos gratuitos en el sexenio de Emilio González Márquez, el monumento pasó a ser un punto de cohesión donde se mezclan "tapatíos viejos y nuevos", así como visitantes de diversas nacionalidades.Hoy, La Minerva se mantiene como un testigo silencioso y eufórico de esta "noble, leal, caótica, desordenada y desparramada mancha urbana". Con una invitación final a la celebración, Petersen concluye que, al igual que en la antigua poesía sobre la amada del rey Salomón, este espacio central de la ciudad debe seguir siendo un lugar donde nunca falte la vitalidad y la fiesta.Con información de Diego Petersen*** Mantente al día con las noticias, únete a nuestro canal de WhatsApp ***OA