Ya en otra página de mis recuerdos les compartí mi personal experiencia de aquellos inolvidables viajes a la Ciudad de México a bordo del Pullman. Salíamos a las 08:30 de la nueva estación y llegábamos doce horas después a la estación de Buenavista en la Ciudad de los Palacios.Pero ahora, copiando los esquemas de las películas seriadas, voy a compartir la precuela de esos viajes.Durante mi infancia y adolescencia principalmente, viajé incansablemente con mi papá, lo mismo en su carrito Opel a quien le llamaba “el batallador” o en los camiones, principalmente hacia la zona de los Altos y del Sur del Estado donde litigaba principalmente, así que lo mismo disfruté de Camiones de los Altos, la Alteña y Ómnibus de México cuando íbamos a Tepatitlán, que de Autobuses de Occidente o Autotransportes del Sur de Jalisco cuando íbamos a Ciudad Guzmán, pero por supuesto nada comparable con la experiencia de viajar en tren.En ocasiones tomamos un tren que salía a eso de las ocho de la mañana y nos bajábamos en Ocotlán y era una experiencia múltiple y a cual más maravillosa, pues disfrutaba del paisaje, de la cadencia del tren al ir rodando escuchando rítmicamente su paso sobre los durmientes, que la riqueza gastronómica que ofrecían en Poncitlán y Atequiza, donde probé lo mismo natillas que picones, todo con la delicia de las narraciones de mi padre sobre sus experiencias, lecciones de vida que son páginas de oro en mi memoria.Y cuando nos anunciaba la posibilidad de un viaje a la Ciudad de México, las oraciones eran dirigidas al cielo para que se concretara porque de verdad era una experiencia increíble.Al tener determinada la fecha, con cierta anticipación desde luego, mi mamá, que era super previsora, comenzaba a preparar los velices. Para los lectores jóvenes, lo que ahora llamamos equipaje o maletas o carry-all, antes se llamaban indistintamente petacas o velices.Y mi papá compraba con tiempo los boletos. Cuando nos decía que esa mañana o esa tarde iría a la oficina de boletos, que en los años sesenta se encontraba en la esquina de Prisciliano Sánchez y Colón, frente al Jardín del Templo de nuestra Señora de Aranzazú, dábamos gracias a la Divinidad ¡Ya se hizo! Y empezaba la cuenta regresiva, los días se nos hacían eternos.Cuando llegábamos a la oficina de boletos, la impresión era gratísima, pues siempre estaba limpia, en orden, con un aroma a recién trapeada con Pinol, los empleados con el uniforme azul con blanco, y los taquilleros con su infaltable chaleco y su quepí, casi como si traspasando la puerta nos encontráramos con los andenes listos para abordar.Los boletos los entregaban en un sobre tamaño carta que tenía una ventanita color ámbar, e invariablemente mi papá me lo encomendaba bajo mi especial cuidado con la consabida advertencia: —si pierdes el sobre no vamos— por lo que no se imaginan el sentido de responsabilidad que se desarrolló en mí y que a la fecha en mis actividades profesionales me ha sido de enorme provecho, a grado tal que mi trabajo no me permite ni cansancio ni olvido.El sobre lo dejaba siempre bajo una carpetita de la radioconsola RCA que teníamos en la Sala, justo debajo de una imagen de San Francisco de Asís (mi papá era terciario) así que imposible olvidar donde lo había dejado.Mientras, mi mamá ya tenía la ropa que habíamos de llevarnos a la capital; mi hermano y yo nos vestíamos igual, teníamos un trajecito de color azul marino que nos habían comprado en Sastrerías La Económica por la calle Pedro Moreno, y eran los que invariablemente llevábamos a la Ciudad de México —quiero que se vean elegantes niños— decía mi mamá y la pulcritud también la adquirí de mis padres sobre todo mi abuelo, que vivía con nosotros, y aun los domingos, bajaba a desayunar con su traje de tres piezas; nunca lo vi en la mesa con camiseta, pijama o bata, siempre impecable, recién bañado, afeitado y oliendo a Lavanda inglesa de Yardley.Los zapatos no podíamos ponérnoslos raspados; nos ocupábamos de bolearlos y también los de mi papá, que siempre llevaba zapatos negros y zapatos de color café, siempre de cintas pues llevaba traje completo; mi abuelo decía y con razón, que los mocasines se utilizaban siempre cuando no se vestía con el traje completo.Mi mamá acostumbraba hacer una listita de las cosas que llevaríamos, ropa, calzado y en su neceser que por aquél entonces era parte integrante e imprescindible del equipaje en el caso de las mujeres, llevaba un pequeño botiquín que llevaba, Mejoral, Duals Nordin, Sal de Uvas Picot, enterio-bioformo compuesto, mertiolate, curitas y sulfadiazina y la verdad es que no recuerdo que hayamos necesitado de la medicina, pero vale más prevenir.Mi padre hacía lo propio con su portafolio, ordenando sus documentos y en la víspera, la noche anterior a la salida, mi papá me pedía los boletos. Iba donde estaban, bajo la carpetita, se los entregaba y listo, cesaba mi responsabilidad.Al día siguiente, la salida era a las 8.30 de la noche. Antes de salir mi papá tenía la costumbre que la familia nos encomendáramos a Dios y frente a la imagen del Sagrado Corazón que estaba en la sala de la casa, pedíamos que nos fuera bien en el viaje y nos trajera de regreso con bien. Práctica que aún sigo observando en casa de ustedes al paso de los años.Llegaba el carro de sitio por nosotros con una buena anticipación pues mi papá decía que había que ganarle tiempo al tiempo, que no le gustaba andar con carreras y subirnos con calma al tren.Y por fin, llegábamos a la estación, nos verificaban los boletos, y nos dirigíamos a los andenes. Buscábamos el vagón que nos correspondía y el porter, ataviado con su pantalón negro, saco y guantes blancos y su quepí, nos conducía al Gabinete, Alcoba o Compartimento y ya solo faltaba el ¡vaaaaámonos! para iniciar uno más de esos maravillosos viajes que hice en pullman a la Ciudad de México con mis papás y mi hermano, de los cuales tengo los más hermosos recuerdos y que hoy les agradezco a ustedes queridos lectores que me hayan dado la oportunidad de compartírselos.Y por ahora, cerremos esta página de mis recuerdos. Le deseo un feliz domingo y aquí los espero la próxima semana en EL INFORMADOR no lo olviden.Tendré café calientito, bísquets con mantequilla y mermelada como cada ocho días. Dios los cuide.