Al cruzar el portal de la Universidad de Coimbra se abre una explanada que impone. Desde lo alto de la colina, la piedra clara, señorialmente esculpida en portadas y fachadas, parece contemplar la ciudad y seguir con la mirada el curso serpenteante del Mondego. La altura, la amplitud del paisaje y el suave sonido del viento, que por momentos alterna con el silencio, invitan a detenerse. A mirar primero y, lentamente, a pensar.Se antoja dejar que el tiempo se escape entre escaleras, patios, corredores y aulas donde los siglos parecen haberse acumulado en distintas épocas, estilos y maneras de entender el mundo.Coimbra combina sobriedad y exuberancia, recogimiento y apertura. Está hecha de capas que no terminaron de borrar a las anteriores.La Capilla de San Miguel conduce inevitablemente la mirada hacia lo alto y evoca aquella antigua imagen de la Escalera de Jacob: el tránsito entre la tierra y el cielo, la aspiración humana de elevarse sobre la inmediatez. En Coimbra la metáfora resulta casi natural. Se asciende físicamente para llegar hasta la Universidad y, una vez allí, el conocimiento propone otra forma de ascenso: tomar distancia, ampliar la mirada. Su Biblioteca Joanina responde con la exuberancia del barroco. Maderas talladas, dorados, anaqueles que ascienden hacia techos ricamente decorados y miles de libros acumulados durante generaciones producen la sensación de que el conocimiento también se construye capa sobre capa. En otros rincones permanecen las huellas de conquistas, reconquistas y culturas sucesivas. Todo parece recordar que ninguna época comienza enteramente de nuevo y que aun las sociedades más convencidas de haber encontrado la verdad terminan heredando algo de quienes las precedieron.Desde su fundación en 1290, Coimbra ha invitado a esa contemplación reflexiva: en sus aulas enseñó Francisco Suárez a finales del siglo XVI y principios del XVII. Allí desarrolló una parte fundamental de una reflexión destinada a trascender su tiempo: el poder terrenal no podía entenderse simplemente como la voluntad ilimitada del gobernante, porque estaba sujeto a un orden jurídico y moral superior.La pregunta conserva una sorprendente actualidad. Cómo contener los apetitos del poder, especialmente cuando pretende monopolizar la verdad, ha sido una de las grandes tensiones de la civilización occidental. Reyes, imperios, revoluciones, partidos y gobiernos han encontrado, en distintas épocas, razones para presentarse como intérpretes exclusivos de la voluntad divina, de la historia, de la nación o del pueblo. Frente a esas pretensiones se ha construido, lentamente y no sin retrocesos, una arquitectura de límites cuyo instrumento esencial ha sido la ley.La democracia forma parte esencial de esa construcción. Pero acaso la entendemos mal cuando la reducimos al mecanismo mediante el cual una mayoría decide quién gobierna. Su significado más profundo se encuentra también en lo contrario: más que un sistema para formar mayorías capaces de imponer una verdad, la democracia es una forma de impedir que quien gana pueda apropiarse de toda la sociedad y degradar a quienes disienten invocando valores supuestamente superiores.Esa idea adquiere en Coimbra una resonancia particular, dado que Portugal tuvo que ponerla a prueba muchos siglos después de Suárez. En las aulas, cafés y plazas de esta misma ciudad se discutió apasionadamente la Revolución de los Claveles de 1974, que terminó con la larga dictadura del Estado Novo. Pero derribar una dictadura no significaba haber construido una democracia. Apenas abría la posibilidad de hacerlo.Lo difícil vino después. La libertad recién conquistada debía encontrar reglas capaces de contener también a quienes, en nombre de esa misma libertad, podían sentirse autorizados para imponer su propia verdad. Proyectos políticos profundamente distintos tuvieron que aprender a competir sin destruirse. La revolución había abierto las puertas; la democracia tendría después que aprender a mantenerlas abiertas.Ese tránsito implicó una transformación política, pero también moral. Supuso comprender que gobernar no equivale a eliminar al contrario; que una mayoría electoral no vuelve ilegítima a la minoría; que ganar una elección no concede el derecho de establecer una sola versión de la historia, de la nación o de la verdad.La democracia comienza a madurar cuando dejamos de preguntarnos cómo derrotar para siempre al adversario y empezamos a preguntarnos cómo podremos seguir viviendo con él. Quizá esa sea una de las grandes lecciones que dejó Portugal después de abril: la libertad no consiste solamente en acabar con quien concentra el poder, sino en construir instituciones que impidan que alguien vuelva a concentrarlo.Contemplar Coimbra desde su explanada conduce inevitablemente hacia esas preguntas. Y desde allí la mirada puede extenderse y alcanzar a democracias jóvenes como la mexicana, donde seguimos aprendiendo que ganar una elección concede solo el derecho -y la responsabilidad- de gobernar sin apropiarse. Tal vez esa sea la verdadera elevación que sugiere Coimbra. No colocarse por encima de los demás, sino comprender que también quien gobierna debe reconocer algo por encima de sí: la ley, los derechos de los otros y los límites del poder.Ésa es la difícil virtud de convivir con el adversario: aceptar que la democracia nos ofrece algo muy valioso: entender que ninguna victoria es definitiva, y que ninguna derrota es irreparable.