Sábado, 13 de Junio 2026

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Republicanismo mexicano

Por: Alonso Solís

Republicanismo mexicano

Republicanismo mexicano

Sergio Ortiz Leroux nació en febrero de 1968, un año axial que marca el desenlace no sólo del movimiento estudiantil, sino de toda una época en la historia de México. Cabe recalcar que por entonces también comenzó, en la historiografía y filosofía política anglosajonas, el renacer de la tradición republicana. Lo dice un aforismo clásico: origen es destino.

De joven Ortiz Leroux hizo activismo político y editorial en La Guillotina, un grupo de izquierda libertaria, contracultural y anticapitalista. Años después, la ciencia política, en la UNAM y en la FLACSO, y las lecturas —que iban de Bobbio a Pereyra y Pettit, y de Maquiavelo a Castoriadis y Lefort— lo hicieron abandonar el dogmatismo revolucionario en pos de un republicanismo fiel a los ideales de libertad y pluralismo del 68.

Ortiz Leroux piensa que México vivió a fines del siglo pasado una auténtica transición a la democracia. Sucede, sin embargo, que ésta coincidió con el establecimiento de un modelo neoliberal que socavó la promesa de igualdad contenida en la democracia, lo que dio paso libre al auge populista. La alternativa, sostiene Ortiz, es un vigoroso republicanismo, sustentado en cuatro pilares o «núcleos normativos»: la libertad entendida como ausencia de dominación; la virtud cívica como elemento central para la salud de la república; el imperio de la ley que frene el abuso del poder; y un régimen mixto que aúne lo mejor de diferentes constituciones.

A partir de Benjamin Barber, Ortiz Leroux propone con estos pilares edificar una «democracia fuerte», en la que los ciudadanos se alejan de la apatía y el privatismo y «participan activamente en la cosa pública», evitando que el gobierno quede «en manos exclusiva[s] de los políticos profesionales» (Ortiz Leroux y González Ulloa, El debate del pensamiento político contemporáneo, UNAM-Gedisa, 2021, p. 78).

Ortiz Leroux discute asimismo la viabilidad de un «ingreso ciudadano universal». Porque la deliberación pública —capaz de determinar el bien común y la justicia— sólo puede ser ejercida por individuos autónomos que, una vez resueltas las necesidades básicas, estén libres de la dominación de los poderes más salvajes. En otras palabras, los derechos cívico-políticos del liberalismo clásico (como la participación política o la crítica pública) se ejercen de forma efectiva sólo si se goza de derechos sociales.

La propuesta de Ortiz Leroux no es otra que «republicanizar» al Estado. Ello no significa destruir su andamiaje liberal, sino sintetizar el liberalismo, el socialismo democrático y el republicanismo en un solo tapiz complejo: una alternativa sugerente al purismo doctrinal de nuestros días.

En Las leyes, Platón no aspira a una monarquía o a una democracia puras. Aspira al término medio: a una «constitución mixta» que la tradición llamará Politeia, res publica o república. Pues, como escribe Aristóteles: «Mejor se expresan quienes combinan más formas de gobierno, ya que es mejor la constitución que consta de más elementos» (Política, UNAM, 2000, p. 41).

Parafraseando a Aristóteles, la lección de Ortiz es la siguiente: «Opinan mejor los que mezclan más tradiciones de pensamiento, pues la filosofía política compuesta de más elementos es mejor». Así pues, no hay que elegir un ismo; de lo que se trata es abrazar la complejidad humana y armonizar distintas tradiciones político-intelectuales.

El Estado mexicano que Sergio Ortiz Leroux imagina no es populista ni neoliberal. Es, a un tiempo, republicano, liberal, social y democrático. Para edificarlo, será preciso ejercer virtudes republicanas como la fraternidad, el patriotismo y el amor a la justicia: las mismas virtudes que enarbolaron los jóvenes del 68.

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