Lunes, 11 de Mayo 2026

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Más que un juego

Por: Mario Luis Fuentes

Más que un juego

Más que un juego

Estamos a escasas semanas de que inicie el Campeonato Mundial de Fútbol, el que, por primera vez en la historia, tendrá tres sedes simultáneas, entre ellas, por supuesto nuestro país, y en el cual participará el mayor número de equipos representativos de todo el mundo.

Este tipo de eventos forman parte de una estructura global de negocios, pero no dejan de estar nunca vinculados a tensiones de tipo político. Hace 40 años, en 1986, cuando México también fue sede mundialista, se vivió uno de los momentos más significativos de la política mexicana pues el abucheo que se realizó en contra de Miguel de la Madrid Hurtado, marcó un hito y mostró un hartazgo popular ante la inflación, la pauperización masiva de la población mexicana y ante las condiciones de autoritarismo político de un régimen que estaba llegando a su fin.

No debe dejarse de lado que este tipo de eventos, que son transmitidos en tiempo real a escala planetaria, se convierten en amplificadores o poderosas cajas de resonancia para denunciar públicamente situaciones que, desde la perspectiva de quienes protestan, deben tener visibilidad mundial. No puede descartarse, en ese sentido, que en uno o varios de los partidos que se disputen en tierras mexicanas, sean escenario para alguna manifestación o protesta pública.

A ello debe añadirse un elemento adicional de enorme relevancia: el Mundial de 2026 tendrá lugar en una sociedad donde existen altos niveles de tolerancia social frente al consumo de drogas, tanto lícitas como ilícitas, así como profundas debilidades institucionales para regular adecuadamente los mercados asociados a ellas. En México se percibe una extendida normalización cultural de múltiples formas de consumo a la par de una incapacidad estructural del Estado para construir políticas integrales de prevención, salud pública, regulación y reducción de riesgos. La combinación entre turismo masivo, consumo intensivo de alcohol y drogas, dinámicas de masculinidad exacerbada y dispositivos de seguridad frecuentemente caracterizados por prácticas arbitrarias o violatorias de derechos humanos, puede convertirse en un escenario particularmente delicado.

Debe considerarse también que la experiencia internacional muestra que el incremento de riñas, abusos policiales, incremento de mercados ilegales, explotación de personas y episodios de violencia colectiva constituyen fenómenos que acompañan regularmente a este tipo de espectáculos. De esta forma, el riesgo no radica solamente en la posibilidad de hechos de violencia esporádicos, sino en la convergencia de múltiples fragilidades estructurales en espacios de enorme exposición mediática y de intensa concentración humana.

Existe además otro aspecto: la insuficiente prevención frente a delitos como la trata de personas y la explotación sexual de mujeres, niñas, niños y adolescentes. Diversos organismos internacionales han advertido reiteradamente que los grandes eventos deportivos suelen generar condiciones propicias para el crecimiento de redes de explotación sexual, particularmente en contextos de desigualdad social severa, debilidad institucional y elevada demanda asociada al turismo internacional. México enfrenta desde hace años enormes dificultades para combatir eficazmente estos fenómenos, tanto por la limitada capacidad de investigación y persecución penal, como por los altos niveles de impunidad que persisten.

El problema es todavía más profundo porque estas formas de explotación se potencian en sociedades que, como la nuestra, se encuentran atravesadas por desigualdades extremas, por economías de supervivencia y por una cultura que con frecuencia trivializa múltiples formas de violencia contra las mujeres y contra las infancias.

Por todo lo anterior, es preciso subrayar que lo que viene es mucho más que un espectáculo. Lo que llegará con el Mundial será también una prueba de resistencia institucional, ética y social para un país que continúa enfrentando enormes dificultades para garantizar seguridad, justicia y derechos humanos.

En realidad, lo que debe subrayarse es que este tipo de eventos pueden acelerar procesos disruptivos asociados a consumos de riesgo, condiciones de maltrato, abuso o violencia; así como la alta siniestralidad por accidentes. Las tres principales causas de muerte entre jóvenes de 14 a 29 años son los accidentes, los suicidios y los homicidios. Ante lo que viene, el gran reto es evitar que esto se exacerbe.  

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