Lunes, 12 de Octubre 2026

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Lo que vi en la protesta por el agua

Por: Jonathan Lomelí

Lo que vi en la protesta por el agua

Lo que vi en la protesta por el agua

Cuando llegué, vi una gran valla de metal y antimotines alrededor de Casa Jalisco, una formación que duró poco en una tarde nublada durante la protesta dominical para exigir agua limpia en Guadalajara.

Asistí como periodista, pero a las 13:20 horas me convertí en un “gaseado” más, junto a decenas de jóvenes, parejas, adultos mayores, curiosos y reventadores.

La primera señal de tensión se sintió al llegar a Casa Jalisco. En medio de la multitud, un grupo de encapuchados (y otros asistentes irritados, pero sin el rostro cubierto) forcejearon para arrebatarles las vallas a los policías.

Los agentes se aferraban a los tubos metálicos mientras los manifestantes tiraban en dirección opuesta. Detrás, la gente se desgañitaba en proclamas para pedir agua limpia y aplaudía cada reja arrebatada a la autoridad.

Observé largo rato al llamado “bloque negro”: jóvenes corpulentos e imprudentes, con el rostro cubierto, pero también mujeres altivas y furiosas -una agitaba un martillo-, conformaban un grupo de choque casi paritario entre hombres y mujeres.

La confrontación subió de tono gradualmente. Para mi sorpresa, la primera franja del grupo de choque mantenía una batalla campal, pero detrás, a solo unos metros, había familias, parejas, más jóvenes y adultos mayores. Todos observaban y grababan con el celular entre consignas.

Vi cómo comenzaron a lanzar piedras, tierra, objetos y cohetones contra la policía, y los elementos respondían siempre con una escaramuza de toletazos y patadas que duraba unos segundos. Si una piedra caía a los pies de un elemento, este la devolvía en las mismas condiciones: ojo por ojo.

También vi cómo la policía usó potentes chorros de agua para dispersar a manifestantes violentos y pacíficos, mientras las consignas reprochaban la ironía de ese momento: “El agua limpia no se desperdicia”, coreaba la multitud.

El punto de quiebre ocurrió cuando retumbó un petardazo. Brincamos del susto: fue el disparo de una bomba de gas lacrimógeno que cayó a unos metros. La picazón en ojos, garganta y nariz se hizo insoportable en segundos; la dosis se repitió al menos tres veces.

Juan Pablo Hernández, secretario de Seguridad estatal, informó anoche que identificaron a 400 “reventadores” en la protesta, pero del lado poniente de Casa Jalisco, donde estuve de las 12:00 a las 16:00 horas, conté a lo mucho una veintena de encapuchados violentos.

Vi el arresto de manifestantes mediante una aplicación indiscriminada de la fuerza contra personas violentas y no violentas, tanto hombres como mujeres; bastaba con confrontar física o verbalmente a los elementos.

La reacción policial se basaba en el arrojo y la valentía de cada agente para lanzarse detrás de un objetivo, incluso si solo recibía insultos de este; rompían filas y daban rienda suelta a un deseo más de venganza que de orden.

Cerca de las 14:30 horas, vi cómo, en la esquina de Manuel Acuña y Rubén Darío, una estampida de antimotines corrió a detener a un motociclista con una mochila de repartidor. Varias mujeres jóvenes intentaron ayudarlo, pero fueron repelidas a toletazos.

Una chica de unos 20 años fue liberada tras forcejear en el suelo durante varios minutos con mujeres policías que la soltaron, ignoro si en un gesto de empatía o por descuido. Al regresar con sus amigas, golpeada y con una crisis de nervios, la vi sollozar sentada en la banqueta. A una de ellas sí se la llevaron. Ninguna pertenecía al grupo de choque.

Todo esto vi. Nadie me lo contó.

P. D. El Gobierno de Jalisco informó anoche de 39 civiles detenidos (algunos estudiantes), 31 atenciones médicas a ciudadanos y 28 policías heridos, dos de ellos graves.

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