Lunes, 06 de Abril 2026

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La guerra en que estamos

Por: Mario Luis Fuentes

La guerra en que estamos

La guerra en que estamos

El mensaje emitido por Donald Trump en su red social, el pasado 5 de abril -un ultimátum explícito a Irán, acompañado de amenazas de destrucción de infraestructura civil estratégica- es la manifestación de una profunda transformación en la lógica bélica: la guerra se ejerce fragmentada en operaciones, sanciones, sabotajes y declaraciones que son, ellas mismas, dispositivos bélicos.

El mensaje del presidente Donald Trump forma parte de una escalada sostenida en el marco de un conflicto abierto entre Estados Unidos, Israel e Irán, que ha incluido bombardeos, cierre del Estrecho de Ormuz y una alteración significativa del mercado energético global. La amenaza de atacar plantas eléctricas y puentes introduce además una dimensión jurídica inquietante: la disolución progresiva de los límites que el derecho internacional humanitario había intentado preservar.

Pero el punto central de ese mensaje es que la guerra no viene, la guerra ya está en marcha y parece una condición estructural del presente. Este conflicto está configurando un nuevo tipo de guerra: una guerra sin declaración formal, sin fronteras claras, sin inicio reconocible y, lo más preocupante, sin horizonte de cierre.

Lo que se observa es un desplazamiento del principio clásico de Clausewitz según el cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. Hoy, la política parece haber sido absorbida por la lógica de la guerra permanente. No hay mediación, no hay interrupción, no hay diplomacia efectiva. 

En este contexto, la centralidad decisiva se encuentra en el sector energético. En efecto, el control del flujo de hidrocarburos -y en particular de los corredores estratégicos como el Estrecho de Ormuz- se muestra con toda su crudeza como el verdadero motivo del conflicto. No es casual que Irán y Venezuela, dos de los principales proveedores energéticos de China, se encuentren en el centro de la presión geopolítica.

La guerra no se libra estrictamente por territorios, sino por circuitos: rutas marítimas, infraestructuras críticas, cadenas de suministro y redes informáticas.

Desde esta perspectiva, no se trata únicamente de un conflicto regional en Medio Oriente, sino de una reconfiguración del orden mundial en la que la energía y la tecnología operan como los principales vectores del poder. Quien controle los flujos energéticos condiciona la arquitectura productiva global; quien controle la tecnología, determina la forma de la dominación futura.

Lo que emerge, entonces, es una nueva cartografía de alianzas y tensiones. Europa -y particularmente Alemania- se orientan hacia un proceso de rearme que debe leerse como preparación para escenarios de confrontación ampliada. Sin embargo, esta dinámica no reproduce mecánicamente los bloques del siglo XX. No hay una reedición de la Guerra Fría, sino una constelación más inestable, donde los alineamientos son contingentes y los intereses, volátiles.

En este marco, resulta particularmente inquietante la ausencia de un “segundo piso democrático”, es decir, de instancias institucionales capaces de contener o regular la escalada. La guerra contemporánea se despliega en un mundo donde las instituciones multilaterales han perdido eficacia, y donde la lógica de la decisión unilateral se impone como principio ordenador.

Hay, además, la dimensión simbólica. La descomposición del lenguaje político es paralela a la descomposición del orden internacional. Cada vez más, la sociedad contemporánea tiende a estetizar la violencia y a convertirla en espectáculo. De este modo, desde América Latina -y particularmente desde México- la percepción de estos procesos se ve atravesada por una paradoja. Mientras el sistema internacional entra en una fase de reconfiguración violenta, el debate público interno se diluye en trivialidades. Esta disonancia no es menor: implica una pérdida de capacidad para comprender el mundo y, por tanto, para actuar en él.

La frase que sintetiza esta condición es brutal en su precisión: más que frente a la antesala de la guerra, estamos en su interior; es el medio en el que ya nos movemos. Y en ese medio, los países que no logren inscribirse en las nuevas órbitas de poder -energético, tecnológico, militar- no serán sino meros objetos del poder global. No participantes, sino territorio en disputa.

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