Sábado, 10 de Octubre 2026

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Inspiración, oficio, creatividad

Por: Alonso Solís

Inspiración, oficio, creatividad

Inspiración, oficio, creatividad

Nada más celoso y, hasta cierto punto, enigmático que la creación artística e intelectual.

La inspiración y las musas existen, desde luego. Hay momentos en que la creatividad fluye naturalmente. Pero el arte y la ciencia dependen, en buena medida, del trabajo, la disciplina y el esfuerzo constante. En una palabra, del oficio.

«La escritura puede ser un arte —apunta Federico Reyes Heroles en Misterios del escritorio (Taurus, 2024)—, como un lienzo blanco en que se plasma lo inimaginable. Pero en ese lienzo, igual que en la página en blanco, no se llega lejos si no hay un oficio de por medio» (p. 133).

En otras palabras, la imagen del genio que, tras una iluminación o rapto extático, crea versos, sonatas o perfiles, es un mito romántico. Quien posee oficio (officium), quien sabe hacer (facere) una obra (opus), no depende de la inspiración divina ni de habilidades sobrenaturales; lo que lo distingue es haber acumulado experiencias y métodos moldeados según la naturaleza de su mente y espíritu, mecanismos íntimos que le permiten crear con solvencia, dominio y libertad.

Dado que cada mente es única, no se pueden dictar reglas universales para la creación. Hay quien escribe de noche, mientras que otro sólo puede hacerlo de mañana. Hay quien trabaja con música de fondo y quien requiere de silencio absoluto. Hay quien pinta de lunes a viernes, como si fuera un empleo con horario rígido. Y hay quien lo hace espontánea y desordenadamente.

Los cursos de metodología son valiosos, pero a investigar sólo se aprende arrojándose enteramente a un problema. Lo mismo pasa con los manuales de redacción: la escritura, habilidad como cualquier otra, sólo se aprende escribiendo. Y escribir es, dice Reyes Heroles, «un acto de pensamiento» que puede llegar a ser «la mejor forma de entender la vida» (p. 17).

El problema consiste, pues —continúa el filósofo y escritor mexicano—, en «identificar en qué momento estamos recurriendo más al oficio que a la creatividad» (p. 126). Operación que requiere virtudes estéticas y morales. Aquí rozamos «el vasto y misterioso territorio de la creación» (p. 12), donde resultan valiosas tanto el oficio o el método como la inspiración.

Es decir, el problema es que, por impecable que sea, la técnica produce a veces resultados rutinarios o mediocres (piénsese en el novelista de gran éxito comercial pero superficial y soso). El oficio no lo es todo ni es sinónimo de creatividad. El creador debe ser honesto no sólo estética sino, de nuevo, éticamente y evitar el refugio exclusivo en la técnica. Debe ser fiel a un impulso, a una intuición, a un concepto, a «una energía real y no [a] una producción burocrática» (p. 126) o a una moda.

Quien aspire a crear arte, cultura o conocimiento, tendrá en contra el espíritu de nuestra época, con sus pantallas, videos, estímulos permanentes, velocidad, dispersión y trastornos mentales. La prisa, la ansiedad y la distracción son enemigas naturales del acto creativo. Sólo la abstracción de nuestro espíritu de todo lo que le impide el recogimiento y la concentración permite una auténtica energía creadora que mana, no de la pasividad del hombre-masa, sino del mundo interior del individuo libre que proyecta y elige su soledad.

«Me siento más tranquilo después de haberlo escrito, pero reconozco que no fue planeado. Lo escribí porque lo deseaba, lo necesitaba» (p. 175), dice el novelista mexicano, refiriéndose a Orfandad (Alfaguara, 2015), su excelente libro sobre su padre, el político e intelectual Jesús Reyes Heroles. Todo artista debiera poder decir lo mismo: Lo creé porque lo deseaba, porque era una imperiosa necesidad de mi alma.
 

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