Miércoles, 08 de Julio 2026

Paisaje Agavero: el Patrimonio Mundial frente a nuevos desafíos

La declaratoria de la UNESCO transformó la manera de entender el territorio donde nació el tequila. Hoy, especialistas advierten que preservar su valor cultural exige equilibrar desarrollo económico, turismo y conservación

Por: El Informador

Violeta Ponce Sánchez, jefa de Conservación y Restauración de la Secretaría de Cultura de Jalisco, e Ignacio Gómez Arriola, arquitecto perito en restauración del INAH en Jalisco, posan desde el Edificio Arroniz. EL INFORMADOR/ J. Acosta

Violeta Ponce Sánchez, jefa de Conservación y Restauración de la Secretaría de Cultura de Jalisco, e Ignacio Gómez Arriola, arquitecto perito en restauración del INAH en Jalisco, posan desde el Edificio Arroniz. EL INFORMADOR/ J. Acosta

Hace dos décadas, los campos de agave y las antiguas destilerías de Jalisco ingresaron a la Lista del Patrimonio Mundial. Detrás de esa declaratoria hubo cinco años de investigaciones, una votación unánime y el reconocimiento de un territorio que hoy pertenece a la memoria cultural de toda la humanidad. Durante siglos, las laderas cubiertas de agave azul fueron vistas como parte del paisaje cotidiano del occidente mexicano. Ahí crecieron las haciendas tequileras, surgieron los poblados que dieron identidad a la región y tomó forma una de las bebidas más representativas de México. Sin embargo, durante mucho tiempo ese territorio fue entendido sobre todo como una zona agrícola e industrial.

Hace veinte años ocurrió un cambio que modificó esa percepción. El 12 de julio de 2006, el Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO inscribió al Paisaje Agavero y las Antiguas Instalaciones Industriales de Tequila en su Lista de Patrimonio Mundial. Desde entonces, aquellas más de 34 mil hectáreas distribuidas entre El Arenal, Amatitán, Tequila, Magdalena y Teuchitlán dejaron de representar únicamente el lugar donde nace el tequila para convertirse en un bien cultural cuyo resguardo compete a toda la humanidad.

La declaratoria cumple dos décadas este año y representa uno de los reconocimientos internacionales más importantes que ha recibido el patrimonio jalisciense. Junto con el Hospicio Cabañas, el Camino Real de Tierra Adentro, el mariachi, la Romería de Zapopan y, desde este año, los Sitios Sagrados Wixaritari hacia Wirikuta, forma parte del conjunto de bienes culturales de Jalisco inscritos en las listas de la UNESCO.

Cinco años para convencer al mundo

Pero llegar hasta ese reconocimiento implicó un trabajo de varios años. La candidatura comenzó a construirse en 2001. Participaron especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia, la Secretaría de Cultura de Jalisco, los municipios involucrados y la Cámara Nacional de la Industria Tequilera. Durante casi un lustro se realizaron investigaciones históricas, levantamientos cartográficos, consultas documentales y recorridos de campo para demostrar que aquel territorio poseía un Valor Universal Excepcional.

Para Ignacio Gómez Arriola, Arquitecto Perito en Restauración del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en Jalisco, Gestor de Paisaje Agavero y Antiguas Instalaciones Industriales de Tequila, quien encabezó la elaboración del expediente de nominación, el proceso fue mucho más complejo que reunir documentos. “Inscribir un sitio en la Lista del Patrimonio Mundial es un proceso muy complejo. Lleva muchos años y debe estar muy bien documentado y justificado, porque hay que convencer a los demás países que van a votar de que ese lugar es importante para el mundo. En esencia, significa colocar un sitio dentro de un contexto internacional”, explicó, en entrevista con EL INFORMADOR.

El expediente llegó a la sede de la UNESCO en París en 2005 y fue sometido a consideración del Comité del Patrimonio Mundial durante su reunión celebrada en julio de 2006. El resultado sorprendió incluso a quienes impulsaban la candidatura: la inscripción fue aprobada por unanimidad. “Todos los países estuvieron de acuerdo. Eso es muy poco común, porque normalmente existen distintos bloques de votación. En nuestro caso, todos coincidieron en que el paisaje agavero merecía formar parte de la Lista del Patrimonio Mundial”.

La inscripción cambió también la manera en que el propio tequila comenzó a ser interpretado. Para Gómez Arriola, hasta antes de 2006 el territorio era visto principalmente como una zona destinada a la producción de una bebida. “Antes el territorio simplemente era para producir tequila. No se le reconocía un valor cultural. A partir de la declaratoria dejó de entenderse únicamente como el lugar donde se produce una bebida alcohólica y comenzó a reconocerse como un paisaje con un profundo significado cultural para el país”, dice.

Esa transformación fue posible porque la candidatura no giró alrededor del tequila como producto comercial, sino del paisaje cultural construido durante siglos. La UNESCO reconoció el sitio por cuatro criterios de Valor Universal Excepcional. El primero se refiere al intercambio de valores entre distintas culturas; el tequila sintetiza el encuentro entre la tradición mesoamericana del aprovechamiento del agave y las técnicas europeas de destilación, heredadas a su vez del mundo árabe. El segundo reconoce al paisaje como un ejemplo excepcional de ocupación humana. En pocos lugares del planeta existe una extensión semejante de campos cultivados con millones de plantas de agave azul acompañadas por haciendas, destilerías históricas y poblaciones cuyo desarrollo estuvo ligado a esa actividad.

Otro criterio destaca la continuidad histórica entre las antiguas culturas mesoamericanas y el presente, reflejada en el cultivo del agave desde el siglo XVII y en la permanencia de los asentamientos tradicionales. Finalmente, la UNESCO valoró la profunda presencia del paisaje agavero en la literatura, el cine, la música, la danza y las artes, donde el tequila se convirtió en uno de los símbolos culturales más reconocibles de México.

Experto agricultor encargado de cosechar el agave, un oficio tradicional que requiere identificar la madurez exacta de la planta (de 6 a 10 años). EL INFORMADOR

Símbolo nacional

Para Violeta Ponce Sánchez y Ortega, jefa de Conservación y Restauración de la Secretaría de Cultura de Jalisco y responsable del sitio ante la UNESCO, existe una idea que resume el significado de la declaratoria: el tequila continúa siendo uno de los principales símbolos nacionales, pero el territorio donde nació adquirió una responsabilidad internacional. “El Patrimonio Mundial deja de pertenecer únicamente a un país. Sí representa a México, pero también pasa a ser parte del patrimonio de toda la humanidad”, dice. “El tequila sigue siendo un símbolo de México, pero al mismo tiempo deja de ser exclusivamente mexicano para convertirse en un patrimonio del mundo”, agrega.

La declaratoria también modificó la dinámica de la región. Antes de 2006 el corredor agavero apenas figuraba dentro de los destinos turísticos de Jalisco: hoy ocupa el segundo lugar en afluencia dentro del Estado. Ese crecimiento ha impulsado la economía regional, aunque también ha abierto nuevos desafíos, y uno de ellos consiste en recuperar el carácter cultural de las visitas. “Después de la pandemia observamos un cambio hacia un turismo etílico. Muchas personas llegan directamente a consumir bebidas alcohólicas y el componente cultural deja de ser relevante”, dice Gómez Arriola. “El reto consiste en distribuir esa actividad hacia toda la región para que también beneficie a municipios como Amatitán, El Arenal, Magdalena o Teuchitlán”.

La conservación del sitio también enfrenta desafíos relacionados con el precio del agave, la seguridad, la expansión urbana, la protección de los bosques y el manejo de residuos derivados de la industria tequilera. En respuesta a ello, en 2008 el Gobierno de Jalisco creó la Comisión para la Conservación, Protección, Revalorización, Rehabilitación y Difusión del Paisaje Agavero y las Antiguas Instalaciones Industriales de Tequila, integrada por dependencias estatales, municipios e instituciones federales. A ese esfuerzo se suman un Plan de Manejo y un Plan Estratégico que regulan el crecimiento del territorio y establecen qué áreas pueden transformarse y cuáles deben permanecer bajo protección ambiental.

Para Violeta Ponce Sánchez y Ortega, el principal desafío consiste en comprender que el patrimonio nunca permanece inmóvil. “Es un patrimonio vivo. Está en constante transformación y no puede permanecer inmóvil. El desafío consiste en lograr que esos cambios ocurran sin perder las características que le dan valor patrimonial”, dice. “Con frecuencia, la atención se concentra únicamente en Tequila, cuando municipios como Amatitán conservan algunos de los vestigios más antiguos relacionados con la producción de mezcal y Teuchitlán resguarda el sitio arqueológico de Guachimontones, uno de los principales referentes del pasado prehispánico de Jalisco. Cada uno aporta elementos que enriquecen la historia del paisaje agavero”.

Dos décadas después de aquella votación unánime en la UNESCO, el reconocimiento mantiene vigencia, aunque el trabajo apenas comienza. Para Gómez Arriola, conservar el paisaje exige transformar cada problema en una oportunidad para fortalecer su protección.

Para Violeta Ponce Sánchez y Ortega, la tarea también consiste en transmitir ese compromiso a las nuevas generaciones. “El patrimonio forma parte de nuestra identidad y todos tenemos la responsabilidad de protegerlo. El tequila representa a Jalisco y a México ante el mundo, pero el paisaje donde nació pertenece hoy a toda la humanidad”.

Veinte años después de la declaratoria, el reto ya no consiste en demostrar el valor cultural del paisaje agavero. Ese reconocimiento quedó asentado en la historia. La tarea ahora es conseguir que los campos de agave, las antiguas destilerías, los pueblos y la memoria que les dio origen continúen formando parte del paisaje que las próximas generaciones, tanto de México como del mundo, heredarán.

El agave, una planta cultural

Entre los argumentos que fortalecieron la candidatura destacó uno estrechamente ligado a la esencia del agave azul. Como explica Ignacio Gómez Arriola, suele pasarse por alto que el agave azul no es únicamente una especie agrícola.

“El Agave tequilana Weber azul es una planta domesticada. No existe de forma silvestre. En el contexto de la UNESCO se considera una planta cultural, igual que el maíz, el frijol, el arroz o el trigo”, señala.

Desde esa perspectiva, el paisaje adquiere una dimensión distinta. Las hileras de agave no solo conforman un escenario agrícola, sino que reflejan siglos de conocimiento, adaptación al territorio y construcción de una identidad compartida. También sintetizan el proceso de mestizaje que dio origen a México.

“El tequila es una bebida mestiza. Nace de la tradición prehispánica y de la tradición europea de la destilación. Cuando uno comprende eso, deja de verlo únicamente como una bebida y empieza a entenderlo como un producto generado por la cultura”, concluye.

CT

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