Martes, 03 de Noviembre 2026

Tejer despacio como acto de rebeldía; la artesana que lucha contra la cultura de la inmediatez

Luisa Guardo recupera técnicas textiles y fibras naturales para reivindicar el tiempo, la calidad y la transmisión de un oficio en riesgo

Por: Tomás Iván García Enciso

Ella se crió entre telares en un negocio familiar que hacía encargos para comercios y marcas de moda. EFE / A. Álvarez

Ella se crió entre telares en un negocio familiar que hacía encargos para comercios y marcas de moda. EFE / A. Álvarez

En un mundo acostumbrado a producir y consumir cada vez más rápido, sentarse frente a un telar para colocar hilo por hilo puede parecer una actividad de otro tiempo. Para la artesana española Luisa Guardo Cruz, sin embargo, dedicar horas a elaborar una pieza con las manos no es solamente una manera de conservar una técnica: es una forma de resistir a la lógica de la inmediatez.

Desde su taller Ídem de lienzo, en Santa Cecilia del Alcor, Palencia, Guardo recupera técnicas textiles tradicionales y trabaja con fibras naturales para elaborar piezas pensadas para durar. Lana merina, alpaca, cachemira, lino, algodón y seda pasan por sus manos antes de convertirse en tejidos en los que el tiempo empleado forma parte del propio objeto.

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“Hacer una manufactura tan profundamente artesanal es todo un acto de rebeldía”, explica mientras trabaja en uno de los telares de su taller. Para ella, detenerse, observar y comprender cómo se construye aquello que utilizamos constituye una manera de recuperar una relación más consciente con los objetos.

Cada hilo requiere tiempo

El trabajo comienza mucho antes de que aparezca una pieza terminada. Preparar la urdimbre, colocar cada hilo, ajustar la tensión y comprobar que todos los elementos funcionen correctamente exige concentración y paciencia.

A diferencia de una producción industrial, en el telar artesanal no existen necesariamente procesos automatizados capaces de corregir un error de manera inmediata. Un problema en la tensión o en la disposición de los hilos puede obligar a revisar nuevamente el trabajo realizado.

Ese proceso lento forma parte de lo que Guardo considera el valor de una pieza artesanal. El objeto no se define únicamente por su apariencia final, sino también por los conocimientos, materiales y horas de trabajo que contiene.

 

Su postura es también una crítica a la moda rápida, un modelo basado en producir grandes cantidades de prendas en periodos cortos y ofrecerlas a precios bajos. ante esa lógica, la artesana defiende objetos capaces de acompañar a una persona durante años. “Lo que más me importa es la calidez y la calidad y que ese objeto te acompañe por mucho tiempo”, señala.

La propuesta no consiste únicamente en fabricar menos, sino en recuperar la capacidad de comprender qué existe detrás de las cosas que utilizamos, de dónde proceden sus materiales, quién las elaboró y cuánto conocimiento fue necesario para producirlas.

Del telar familiar a la recuperación de un oficio

La relación de Guardo con los telares comenzó durante su infancia, ella creció en un negocio familiar dedicado a realizar encargos para comercios y marcas de moda y, a los 21 años, se incorporó a la actividad junto con su madre, Concha Cruz, y su tía Rosa.

La crisis económica de 2008 obligó a cerrar el establecimiento que tenían en Palencia, pero el cierre no significó el final de su relación con el tejido. Guardo se especializó posteriormente en conservación y restauración textil y participó en investigaciones sobre tejidos históricos en laboratorios y colecciones.

En 2019 decidió recuperar el oficio desde Santa Cecilia del Alcor y puso nuevamente en marcha su trabajo artesanal. Desde entonces, Ídem de lienzo se ha convertido en un espacio que combina producción, investigación, formación y conservación.

Su trabajo demuestra que preservar una técnica tradicional no significa necesariamente reproducir exactamente las condiciones del pasado. También implica investigar, experimentar y encontrar nuevas formas de mantener vivo un conocimiento que podría desaparecer.

Colores que también cuentan una historia

Una parte importante de ese conocimiento está relacionada con los tintes naturales. Guardo utiliza vegetales y minerales para obtener diferentes tonalidades, recuperando procedimientos que requieren conocer las propiedades de cada materia prima.

La cáscara de nogal puede producir tonos marrones; plantas como el gordolobo permiten obtener amarillos, mientras que el índigo es utilizado para conseguir azules.

El proceso exige algo más que introducir una fibra en un recipiente con pigmento. Cada color requiere pruebas, tiempos de cocción y conocimientos sobre la manera adecuada de fijar el pigmento para conseguir que la tonalidad permanezca durante años.

Para la artesana, un tinte natural correctamente elaborado puede conservar su color durante mucho tiempo. Pero el valor de estas técnicas también está en el conocimiento que las acompaña: saber qué planta utilizar, cómo prepararla y qué condiciones necesita para transformar una fibra.

Así, el tejido se convierte en un punto de encuentro entre artesanía, conocimiento de los materiales y experimentación.

Cuando desaparece un oficio, también se pierde conocimiento

El problema al que se enfrenta este tipo de artesanía no es únicamente económico, también existe una dificultad generacional, ya que cada vez son menos las personas que conocen determinados procesos y saben utilizar, reparar o incluso construir algunos tipos de telares.

Guardo calcula que los tejedores artesanos que trabajan actualmente en España son tan pocos que podrían contarse con los dedos de las dos manos. También escasean los especialistas capaces de reparar determinadas máquinas o construirlas siguiendo métodos tradicionales. “Cuando un oficio desaparece, recuperarlo deja de ser sencillo”, advierte.

La frase resume una de las principales dificultades de conservar el patrimonio relacionado con los oficios. Un objeto puede almacenarse en un museo, pero un conocimiento técnico necesita personas capaces de practicarlo y transmitirlo.

Por eso, la conservación no depende únicamente de guardar antiguos telares, tejidos o herramientas. También requiere que existan personas que sepan utilizarlos y que puedan enseñar a otras cómo hacerlo.

Aprender también significa volver a intentarlo

Esa transmisión ocurre en el taller de Guardo mediante cursos, demostraciones en museos y espacios culturales, además de su trabajo de restauración de textiles históricos y diseño y fabricación de telares.

Entre quienes se acercan a este oficio está María Luisa Díaz, una madrileña que después de jubilarse estudió Arte Textil en Segovia y ahora aprende a utilizar un antiguo telar de bajo lizo que recibió de un amigo de Inglaterra.

“Me atraen los hilos, los colores y las posibilidades creativas de la técnica. Me gusta investigar”, explica mientras recibe indicaciones sobre la manera correcta de colocar y peinar los hilos.

Su experiencia muestra que la transmisión de un oficio no tiene por qué producirse únicamente entre generaciones de una misma familia. También puede surgir cuando alguien decide acercarse a una técnica por curiosidad, interés artístico o deseo de aprender.

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El viejo telar todavía necesita ajustes. Los hilos están colocados y la tensión ha sido revisada, pero todavía queda solucionar el funcionamiento del peine. El proceso continuará otro día. Y ahí aparece una de las ideas centrales de la filosofía de Guardo, la idea de que no todo tiene que resolverse inmediatamente.

En una época en la que la producción, el consumo y hasta el aprendizaje parecen estar sometidos a la velocidad, el telar obliga a hacer lo contrario. Hay que detenerse, observar, corregir y volver a intentarlo.

Por eso, en el taller de Santa Cecilia del Alcor, tejer despacio no representa únicamente una técnica de fabricación. Es también una manera de preservar conocimientos, establecer una relación más duradera con los objetos y recordar que algunos procesos necesitan tiempo para existir.

Con información de EFE.

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