Lunes, 02 de Noviembre 2026

Siguanaba, Cipitío y Cadejo, así es la noche de leyendas de El Salvador

La Calabiuza reúne cada 1 de noviembre a personajes de la mitología salvadoreña en Tonacatepeque, entre leyendas, antorchas y ayote en miel

Por: Tomás Iván García Enciso

La celebración tiene raíces anteriores al nombre con el que actualmente se conoce. EFE / R. Sura / CANVA

La celebración tiene raíces anteriores al nombre con el que actualmente se conoce. EFE / R. Sura / CANVA

La Siguanaba, el Cipitío, el Cadejo y el Padre Sin Cabeza abandonaron por una noche las historias transmitidas de generación en generación para recorrer las calles de Tonacatepeque, en El Salvador. La localidad, conocida como la “capital de la mitología” del país, celebró este 1 de noviembre su tradicional festival de la Calabiuza, una fiesta que combina leyendas, gastronomía y memoria popular.

Cada año, cientos de salvadoreños llegan a este municipio, ubicado a unos 30 kilómetros de San Salvador, para participar en una celebración que funciona como preámbulo al Día de los Difuntos. Desde 1992, grupos de distintos barrios se reúnen para representar a personajes de la tradición oral salvadoreña y recorrer las calles iluminados por antorchas.

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La celebración tiene raíces anteriores al nombre con el que actualmente se conoce. Según explicó Gerson Jiménez, antiguamente la tradición estaba vinculada con el festival de San Caralampio, cuando los habitantes se disfrazaban y recorrían las casas para pedir ayote, la calabaza utilizada para preparar uno de los dulces tradicionales de El Salvador.

Una tradición que nació antes de Halloween

La Calabiuza se celebra cada 1 de noviembre, justo antes del Día de los Difuntos, pero sus participantes rechazan que la festividad sea una versión local de Halloween. “Esto no tiene nada que ver con Halloween”, señaló Jiménez, quien destacó que la celebración busca reivindicar la identidad salvadoreña y las creencias transmitidas por los antepasados.

Una de las expresiones tradicionales asociadas con el recorrido es el estribillo “ángeles somos, del cielo venimos, pidiendo ayote para nuestro camino iluminado”, que recuerda la antigua costumbre de visitar las viviendas y recibir alimentos como parte de la celebración.

Con el paso del tiempo, aquella tradición comunitaria se transformó en un festival de mayor dimensión, pero conservó su vínculo con las leyendas y los personajes de la mitología popular salvadoreña.

Así, la noche de la Calabiuza convierte a las calles de Tonacatepeque en una representación colectiva de historias que durante generaciones circularon principalmente a través de relatos familiares, cuentos y tradiciones orales.

La Siguanaba, el Cipitío y otros seres de la tradición

Entre los protagonistas de la celebración se encuentran algunos de los personajes más conocidos del imaginario salvadoreño. La Siguanaba es representada tradicionalmente como una mujer de extraordinaria belleza que aparece ante hombres que transitan de noche y que, al acercarse, revela un rostro monstruoso. La leyenda forma parte de un amplio conjunto de relatos centroamericanos sobre apariciones y seres sobrenaturales vinculados con caminos, ríos y lugares apartados.

El Cipitío, por su parte, suele representarse como un personaje infantil y travieso, asociado con los caminos, los bosques y las historias populares. Su imagen, frecuentemente acompañada por un gran sombrero, forma parte de las leyendas que se han transmitido a las nuevas generaciones.

También aparece el Cadejo, criatura sobrenatural que en los relatos adopta diferentes características y puede representarse como un perro protector o como una figura amenazante, dependiendo de la tradición. La Llorona y el Padre Sin Cabeza completan el repertorio de personajes que los participantes llevan a las calles mediante disfraces y representaciones.

Más que simples figuras de terror, estos personajes funcionan como parte de un patrimonio inmaterial construido a través de la narración. Sus historias han servido para explicar temores, advertir sobre determinados comportamientos y mantener vivas formas de imaginar el mundo que anteceden a las celebraciones contemporáneas.

Antorchas, leyendas y ayote en miel

Al caer la tarde, los grupos que representan a los diferentes barrios comienzan a concentrarse en una de las principales calles de Tonacatepeque. Los participantes aparecen caracterizados como los seres de las leyendas y avanzan acompañados por música, fuego de antorchas y otro personaje de la tradición popular: la Carreta Chillona.

Esta última forma parte de las historias de apariciones que circulan en distintas regiones de Centroamérica. En el contexto de la Calabiuza, su presencia contribuye a transformar el recorrido en una representación colectiva del imaginario sobrenatural salvadoreño.

Es un festival tradicional que se viene dando desde muchas décadas atrás, incluso antes no se llamaba Calabiuza, se llamaba el festival de San Caralampio. EFE / R. Sura
Es un festival tradicional que se viene dando desde muchas décadas atrás, incluso antes no se llamaba Calabiuza, se llamaba el festival de San Caralampio. EFE / R. Sura

La procesión avanza mientras los espectadores observan los disfraces y las representaciones. La noche, además, marca una transición simbólica entre la celebración del 1 de noviembre y el Día de los Difuntos del día siguiente.

Al finalizar el recorrido, los participantes buscan un trozo de ayote en miel, uno de los elementos gastronómicos más característicos de la festividad. El dulce se prepara con calabaza, panela o dulce de caña y canela.

El alimento no es un elemento secundario de la celebración, ya que su presencia conecta la fiesta contemporánea con la antigua costumbre de recorrer las casas para pedir ayote, al tiempo que conserva una preparación tradicional dentro de una celebración que ha cambiado con el paso de las generaciones.

De la tradición oral a una fiesta de identidad

La Calabiuza muestra cómo las leyendas pueden abandonar el espacio íntimo de las historias familiares para convertirse en una celebración comunitaria. Durante una noche, personajes que normalmente existen en relatos transmitidos de boca en boca adquieren una presencia física en las calles de Tonacatepeque.

El festival también evidencia que las tradiciones no permanecen necesariamente intactas. Pueden cambiar de nombre, incorporar nuevos elementos y adquirir dimensiones diferentes sin perder por completo el significado que les otorgaron las generaciones anteriores.

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En este caso, el vínculo con las historias de los antepasados y con el calendario de los difuntos permanece como uno de los ejes de la celebración. La fiesta ocurre precisamente en los días en que las comunidades de la región recuerdan a quienes han muerto y mantienen diferentes costumbres relacionadas con la memoria de los fallecidos.

Después del recorrido, los habitantes de Tonacatepeque celebran un carnaval mientras esperan la llegada del 2 de noviembre, Día de los Difuntos. Las criaturas de las leyendas regresan entonces al imaginario colectivo, pero sus historias permanecen como parte de una tradición que cada año vuelve a tomar las calles.

Con información de EFE.

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