Domingo, 26 de Julio 2026

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El arte que salió a la calle

La clausura de la 18 Ruta Escultórica dejó algo más que reconocimientos a los artistas participantes: abrió nuevamente la discusión sobre el papel del arte en el espacio público 

Por: Héctor Fernando Navarro Vázquez

Clausura de la 18 Ruta Escultórica; un suceso que reunió a todos los participantes. EL INFORMADOR/H. Navarro

Clausura de la 18 Ruta Escultórica; un suceso que reunió a todos los participantes. EL INFORMADOR/H. Navarro

La clausura de la 18 Ruta Escultórica, realizada el pasado viernes como parte de la edición 29 del Festival Cultural de Mayo, fue, en apariencia, una ceremonia de agradecimientos. Organizadores, autoridades culturales y artistas reconocieron el esfuerzo colectivo que permitió instalar más de 70 esculturas en distintos puntos de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Sin embargo, detrás de los aplausos y los reconocimientos quedó planteada una conversación mucho más amplia: ¿Qué significa realmente sacar el arte de los museos y llevarlo a las calles? ¿Quién financia esa apuesta? ¿Hasta dónde puede transformar una ciudad?

La Ruta Escultórica nació hace casi dos décadas con una idea sencilla pero poderosa: convertir la ciudad en una galería abierta. En lugar de esperar que el público visite un museo, es el arte el que sale al encuentro de los ciudadanos. Una escultura puede aparecer en un parque, en una estación del Tren Ligero, frente a un centro comercial o en una plaza pública. La experiencia estética deja entonces de ser un acto programado para convertirse en un encuentro inesperado.

No es una idea menor

Las grandes ciudades del mundo llevan décadas entendiendo que el espacio público no sólo sirve para circular, consumir o trabajar. También puede ser un lugar para detenerse, observar, cuestionar y dialogar. El arte urbano, la escultura monumental y las intervenciones temporales forman parte de esa conversación internacional sobre cómo construir ciudades más habitables.

Durante la ceremonia de clausura, el director del Festival Cultural de Mayo, Sergio Alejandro Matos, insistió en que el verdadero valor de la Ruta Escultórica radica precisamente en llevar las obras fuera de las salas de exposición.

Su reflexión apunta a un tema central en la gestión cultural contemporánea: la democratización del acceso al arte.

Durante décadas, buena parte de las expresiones artísticas quedaron asociadas a museos, galerías o recintos frecuentados por públicos específicos. La Ruta Escultórica rompe parcialmente con esa lógica. No exige boleto, horario ni conocimientos previos. Basta caminar por la ciudad para encontrarse con una pieza escultórica.

Ese gesto modifica la relación entre la obra y el espectador.

Ya no existe la solemnidad del museo ni la distancia que muchas veces intimida a quienes no se consideran parte del mundo artístico. En la calle, la escultura comparte espacio con vendedores ambulantes, estudiantes, oficinistas, turistas y familias enteras. El arte deja de ser un destino para convertirse en parte del paisaje cotidiano.

Sin embargo, esa democratización también plantea nuevas preguntas.

¿Es suficiente colocar esculturas en espacios públicos para acercar el arte a la ciudadanía? O ¿Hace falta generar procesos educativos, visitas guiadas, mediación cultural y actividades que ayuden a construir una relación más profunda con las obras?

El propio proyecto parece sugerir que todavía existe un amplio margen para crecer. Las esculturas permanecieron durante semanas en espacios públicos sin registrar actos importantes de vandalismo, un dato que Matos destacó como una muestra del compromiso ciudadano.

La lectura resulta interesante

Con frecuencia se asume que el espacio público es un lugar donde el arte corre riesgos permanentes. Sin embargo, esta edición demuestra que, cuando una comunidad reconoce el valor de un proyecto cultural, también desarrolla formas de cuidarlo.

La ciudad responde cuando siente que las obras le pertenecen. Pero quizá el momento más significativo de la ceremonia vino de los propios artistas. En representación de los escultores, Francisco Quiroz agradeció el esfuerzo colectivo y puso sobre la mesa una cuestión pocas veces discutida: el costo de producir arte.

Cada escultura implica materiales, talleres, transporte, montaje y semanas o meses de trabajo, gastos que muchas veces absorben los propios creadores.

La pregunta, entonces, también es política y económica: ¿puede consolidarse un proyecto de arte público si quienes producen las obras deben financiar buena parte del proceso?

La estrategia tiene sentido

Las ciudades que hoy destacan internacionalmente por su calidad de vida suelen entender que la cultura no es un adorno ni un entretenimiento complementario. Es un componente esencial de su identidad urbana y un factor de desarrollo económico.

La Ruta Escultórica podría evolucionar justamente hacia esa dimensión. No sólo como una exposición temporal, sino como un acontecimiento esperado cada año por ciudadanos, coleccionistas, estudiantes, turistas y especialistas.

Para lograrlo será necesario fortalecer la colaboración entre instituciones públicas, iniciativa privada, universidades, galerías y artistas.

La edición número 18 demostró que esa alianza es posible. Más de 70 escultores aceptaron el reto de sacar sus obras de los talleres para ponerlas frente a miles de personas. Ese gesto merece un reconocimiento especial. No sólo por la calidad de las piezas exhibidas, sino por la confianza depositada en una ciudad que, durante varias semanas, hizo del espacio público una enorme galería al aire libre.

Quizá ahí radica la mayor enseñanza de esta Ruta Escultórica.

No únicamente en las esculturas que ocuparon parques, plazas o estaciones del Tren Ligero, sino en la idea de que una ciudad también puede construirse desde el arte. Una obra instalada en una esquina difícilmente resolverá los problemas urbanos, pero sí puede provocar una conversación, despertar una emoción o cambiar, aunque sea por un instante, la manera en que miramos el lugar donde vivimos.

Y esa transformación, aunque parezca pequeña, también forma parte de hacer ciudad.

La respuesta no es sencilla

Las políticas culturales suelen concentrarse en organizar festivales, generar programación o facilitar espacios de exhibición. Sin embargo, el financiamiento directo a la producción artística continúa siendo uno de los grandes pendientes en muchas ciudades mexicanas.

La petición realizada por Quiroz no fue una exigencia desproporcionada. Habló de un “pequeño apoyo” que permitiera aliviar los costos de producción.

Esa diferencia cambia por completo la discusión.

No se trata únicamente de reconocer la labor de los artistas, sino también de abrir la conversación sobre las condiciones materiales que permiten que estas esculturas cobren vida y formen parte del espacio público.

Sin artistas no hay Ruta Escultórica

Cabe señalar que sin condiciones dignas para producir arte, tampoco existe un futuro sostenible para proyectos de esta naturaleza.

En ese sentido, la intervención del director de Cultura Zapopan durante la clausura, Cristopher de Alba, ofreció una lectura interesante al vincular la Ruta Escultórica con la participación de la ciudad durante el pasado Mundial de Futbol 2026. El resultado fue claro: proyectó una urbe que no solamente recibió visitantes por sus eventos deportivos, sino también por su oferta cultural.

Tapatío

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