“Me alegro de que mi madre haya muerto”. Creo que no puede existir una frase más chocante para el ser humano que esta. Nuestra madre es refugio, sustento, amor incondicional. Madre es la palabra que evoca el calor del hogar. A menos que madre sea quien te explote y te use para vivir sus sueños. Así fue el caso de Jennette McCurdy, autora del libro Me alegro de que mi madre haya muerto. La portada del libro es luminosa, amarilla del color del sol y con un título rosa primavera. En el centro se ve a la autora con la urna entre sus manos y una sonrisa como si en lugar de los restos de su madre muerta tuviera un cachorro nuevo. ¿Cómo es que la madre puede generar ese rechazo en una hija? Al punto de que se alegre de jamás tener que volverla a ver.Jennette creció en una familia mormona de clase baja en el Sur de California. Desde los seis años fue actriz profesional; se convirtió en una sensación internacional por su papel como Sam en el programa de Nickelodeon iCarly. Recuerdo ver el programa entre mis ocho y diez años: tres amigos que hacían un webshow desde casa. Sam, la mejor amiga de Carly y coanfitriona del webshow, es interpretada por Jennette McCurdy, quien en su libro cuenta sobre el abuso de su madre al que estuvo sometida desde que era una niña pequeña.Su familia era conservadora, iban a la iglesia mormona cada domingo y seguían muchas de las observancias de la religión más que por fe, por deseo de pertenecer. Su madre, diagnosticada con cáncer de mama etapa 4 cuando Jennette tenía solamente dos años, se grabó cantando canciones de cuna a sus hijos para que las vieran cuando muriera. Sobrevivió. Pero ver las grabaciones años después, cada domingo tras la iglesia, se convirtió en una tradición que estableció un victimismo en la madre y una culpa en sus hijos que teñiría todo lo que vendría después.Debido a que la madre de McCurdy aspiraba a ser reconocida y aceptada, llevó desde los cuatro años a su hija a audiciones para que fuera “la pequeña actriz de mamá”. La carrera que se fue construyendo sobre ese deseo mantuvo a McCurdy aislada, alejada de otros niños, ya que por el trabajo no podía asistir a la escuela como los demás, y cada vez más atada a una madre que la necesitaba para sentirse viva.Los años fueron pasando y, conforme se estableció su rol en iCarly, lo hicieron también sus amistades con sus coactores, Miranda Cosgrove (Carly) y Nathan Kress (Freddie). La relación entre Miranda y Jennette la hizo ver que comportamientos como alentar un desorden alimenticio, seguir bañando y haciendo “revisiones médicas”, como exámenes vaginales a su hija de doce años, no eran normales.Jennette se describe a sí misma como una joven confundida, incómoda, triste y profundamente asustada de la vida. Una vida que su madre se había asegurado de pintarle como mala y peligrosa, y le había hecho creer también que solo ella podría protegerla.El libro de McCurdy es desgarrador, intenso y divertido al mismo tiempo. Explica lo que fue crecer bajo los reflectores, con los ojos del mundo sobre ella y con una madre que, lejos de ser amor, hogar, seguridad y sustento, la manipuló para conseguir lo que quería. Al terminarlo, uno entiende por fin esa sonrisa de la portada. No es crueldad ni una falta de respeto. Es la cara de alguien que finalmente puede respirar.@luciachidan