Viernes, 13 de Febrero 2026

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Un gobernador no es (solo) un gobernador

Por: Salvador Camarena

Un gobernador no es (solo) un gobernador

Un gobernador no es (solo) un gobernador

Si parte de lo que buscaba la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo (CSP) con su reforma electoral era el control del obradorismo para administrar la disputa del poder dentro de la fuerza con inercia ganadora, el experimento está saliendo muy mal.

Es prematuro cantar la derrota de Palacio en su afán por elecciones no solo más económicas, sino que arrojen representantes legislativos que sean producto también de un trabajo en territorio y no solo del reparto entre esa casta privilegiada que son las cúpulas partidistas.

Lo que en cambio va “in crescendo” son las expresiones de resistencia a la mandataria, escenas de franco desafío que incluso si no estuviera de por medio la eventualidad de una reforma electoral, supondrían una amenaza al margen de Sheinbaum para gobernar.

Claudia heredó una Administración federal en los huesos y en plena mudanza de cultura. Los avances en la contención de algunos delitos, así las cifras más halagüeñas estén bajo cuestionamiento, hablan del esfuerzo para recuperar gobernabilidad. 

Y lo mismo -sin obviar la exigencia de que ocurra más eficazmente-, la Presidenta lleva año y medio ordenando el desabasto médico, entre otras materias tan importantes como urgentes.

En el sexenio se ha tratado de corregir y mejorar. También de centralizar. E incluso de suplantar. Porque CSP ya sabe que por nobles que sean en el papel los objetivos de una supuesta nueva forma de gobernar, su éxito depende de aliados muy, pero muy chiquitos. 

Un talón de Aquiles de México ha sido históricamente el poder en los Estados. Para no ir más lejos, en todo un siglo no hemos desarrollado un sistema que hiciera realidad eso de pasar de la tradición caudillista a tener instituciones. Y eso es flagrante con los gobiernos estatales.

Buena parte del dolor de cabeza de Sheinbaum se apellida Sansores (Campeche), Rocha (Sinaloa), Jara (Oaxaca), Bedolla (Michoacán), Ávila (Baja California) o Nahle (Veracruz). Si sigo llegaríamos a Brugada y desde luego a la maestra Delfina. Todas y todos, pues.

En el priismo, quitar gobernadores fue deporte (no necesariamente un paseo en el parque). Y una enorme piedra de las alternancias fueron instituciones con lastres de “cuates y cuotas”, lo que hizo difícil gobernar a gobernadores que abusaban (oxímoron involuntario).

Una de las pocas ventanas para corregir sin grandes ruidos era en el momento de renovar gubernatura. Se supone que una regla del viejo régimen es que al que estaba en el puesto cuando mucho le alcanzaba para vetar, no necesariamente para poner a su sucesor.

Ahora a la Presidenta le quieren hacer de chivo los tamales. Atestiguamos desplantes lo mismo en el Verde que en Morena no para ayudar al movimiento sino para crear cacicazgos. 

El Verde de Manuel Velasco levanta el brazo destapador a la senadora Ruth González, entre otras cosas esposa del gobernador de San Luis Potosí. Y el menor de los Monreal, Saúl de apelativo, el domingo en Zacatecas inició precampaña. 

Sheinbaum necesita operadores probos y efectivos en los estados. Y poner cotos a la ambición de los clanes. Quizá de eso iba la reforma. Por lo pronto, el mensaje de algunos que se creen barones es muy claro: los territorios son nuestros, no suyos presidenta.  

Un gobernador es un enorme engrane. Su mal funcionamiento puede atascar toda la máquina. La Presidenta sabe eso muy bien. 

En política lo que importa son los resultados. Si el pataleo de Manuelito, o el berrinche del Monreal menor, quedan en anécdotas, punto para la tolerancia de Claudia. Si se le imponen, el cierre de sexenio será de aullido por los casos de corrupción y negligencias.

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