Marcado por el Holocausto y por su militancia obligatoria en las Juventudes Hitlerianas, un joven brillante de Düsseldorf se aparta de todo extremismo político e intelectual por medio de las ciencias sociales y el poder de la crítica pública —y no por medio de la política activa ni la propaganda, como era costumbre durante los convulsos años sesenta—, con el propósito de contribuir a la reconstrucción cívico-moral de Alemania y a la creación de una Europa cosmopolita.Situado entre la tradición marxista y su superación ecléctica, Jürgen Habermas (1929-2026) reorientará la «teoría crítica de la sociedad», desarrollada por Max Horkheimer y Theodor Adorno, hacia el pragmatismo, la hermenéutica, el giro lingüístico y la teoría democrática. Frente al pesimismo radical y apolítico de Dialéctica de la Ilustración (1947), afirmará la fuerza crítica de la razón humana y la vigencia de los ideales éticos de la modernidad. Frente a los enfoques microsociales, construirá una «gran teoría»: sistemática y omnicomprensiva, intelectualmente sofisticada y políticamente relevante.Su compromiso con los valores de la Ilustración, su rechazo de la deriva irracionalista de su propia tradición cultural, su tolerancia y apertura hacia la fe religiosa, su espíritu pluralista —capaz de entablar diálogos constructivos con sus críticos más feroces— y su disposición liberal a cambiar de opinión ante argumentos razonables y evidencias empíricas: todos estos atributos hicieron de Habermas una de las figuras más elegantes de la izquierda democrática europea de las últimas décadas.Un ejemplo de su vocación dialógica ocurrió el 19 de enero del 2004. Jürgen Habermas —racionalista agnóstico— debate con el cardenal Joseph Ratzinger —teólogo cristiano— en la Academia Católica de Baviera, en Múnich, sobre los fundamentos prepolíticos y morales del Estado moderno. Con apertura hermenéutica, el filósofo propone «entender el proceso de secularización cultural y social como un doble proceso de aprendizaje que fuerce tanto a las tradiciones de la Ilustración como a las enseñanzas religiosas a una reflexión sobre sus respectivos límites» (Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización, FCE, 2008, p. 11).Habermas y Ratzinger —el progresista y el conservador, la luz natural de la razón frente a la revelación divina, Atenas y Jerusalén— hallan terreno común en la defensa del humanismo occidental (la creencia en la dignidad intrínseca de cada ser humano) y en la necesidad de un diálogo fecundo entre la fe religiosa y la racionalidad secular. Nosotros, en cambio, solemos «cancelar» a todo aquel que piense diferente; y, en nombre de la pureza moral y la higiene política, rompemos relaciones con parientes, amigos y colegas.Seamos figuras públicas o ciudadanos privados, creyentes o laicos, de izquierda o de derecha, emular el talante conversacional, antiautoritario y falibilista de Habermas no es sólo un deber cívico, sino un imperativo moral. Su crítica al «fascismo de izquierdas» y al pensamiento ideológico; su compromiso europeísta y cosmopolita; su defensa del patriotismo constitucional, la esfera pública burguesa y el derecho internacional, han cobrado hoy una urgencia inusitada.En estos tiempos de creciente intolerancia y despiadada fuerza bruta, reivindicar «el poder involuntario de los mejores argumentos» y la fuerza democrática de las «energías utópicas» de la humanidad, es la mejor forma de ser leales a la herencia político-intelectual de Jürgen Habermas, y, sobre todo, de combatir los embates a la libertad.