A ver, revisemos qué hicimos mal, pregunta cualquiera al momento que algo falla, no importa de qué se trate. Y ese cualquiera es capaz de recorrer los pasos previos a la falla, los suyos o los de quienes intervinieron en el proceso. La pregunta es necesaria para entender y reparar el mal o, lo más común, para endilgar la culpa a alguien, lo que a veces sirve también para entender y arreglar el desperfecto. El fin de averiguar qué se hizo mal para que la falla ocurriera es, primero, que la cosa funcione; después, que el error no se repita. El mecanismo es simple, ético y práctico: responder con verdad lo que alguien o varios, directos o indirectos, incluso un objeto, no hicieron como debían, y práctico porque es la vía rápida y menos costosa para resolver de manera duradera.En el ámbito surrealista de la administración pública no podemos sospechar que suelan preguntarse ¿qué hicimos mal? La lista de cosas mal hechas es grande; antepongamos la pregunta previa a: para que el agua de Guadalajara no sea potable, para que además escasee; para que el crimen organizado controle tantos territorios y tantas vidas; para que el sistema de justicia sea una entelequia sólo útil para los corruptos; para que el aire de la Perla de Occidente esté cargado de elementos que no deberían respirar los seres vivos; para que la calidad de la educación pública sea mala; para que buena parte del erario se dilapide en ocurrencias; para que el transporte público sea deficiente; para que la democracia no sea sino pasto para la demagogia; para que la desaparición forzada, la inseguridad, las fosas clandestinas y las violencias de todo tipo constituyan la cotidianidad; para que la desigualdad prevalezca. Qué hicimos, qué hacemos para que tanto esté tan mal.Sólo que en el ámbito surrealista de la política, de acuerdo con el entendimiento que los gobernantes y las y los aspirantes a gobernar tienen de ella, ni siquiera suponen que algo hacen mal; si acaso se enteran de que algo no marcha bien, se debe a que sus antecesores fueron incompetentes, pero sólo los ajenos a su bandería. Si el agua potable apesta, se incendia una refinería que derrama hidrocarburos hasta por las ventanas y se descarrila un tren que ellos manufacturaron, y los criminales campean a su antojo, y la corrupción es evidente, y no hay medicinas, lo que preguntan es: cuánto cuesta una campaña de control de daños para salvaguardar su imagen; cuántos días tomará que el tema —agua, balaceras, desaparecidos, corrupción, etcétera— deje de estar en las primeras líneas de la opinión pública. La experiencia rutinaria de la vida en Guadalajara —en Jalisco, en México— enseña que su fin no es resolver, sino ellos mismos y su prestigio autoconferido; tampoco les interesa entender el porqué del problema; y la verdad como elemento para enmendar, jamás; les es más provechoso afirmar públicamente que el problema no existe o que es cosa de días (los necesarios para que deje de interesar al público) para que se solucione. Por ejemplo, y hay otros, muchos, este pertenece a Enrique Alfaro, de febrero de 2024, respecto al agua: “este líquido vital no será un problema en el estado por al menos cincuenta años”.¿Resolvió? ¿Habló con verdad? Aunque su declaración fue eficaz para entender, no el problema del agua, sino uno que al cabo incide en aquél: su talante y su postura práctica y moral ante los problemas. Recordemos la afirmación de la Presidenta Sheinbaum un día después de la aprehensión y muerte del Mencho: Jalisco está en paz. ¿Era verdad? ¿Resolvió? Y en cuanto a comprender: la Presidenta se desentiende del fenómeno del crimen organizado y su zanjar declarativamente el asunto —en todo caso, una de las coyunturas del asunto— revela su nula disposición hacia la verdad. Son dos muestras, no las únicas, que permiten tirar una línea de futuro a partir de lo más ventajoso que ha creado el intelecto humano: preguntar, no a quienes gobiernan, sino entre nosotras y nosotros mismos: ¿podemos confiar en que los problemas, por lo pronto los graves, pueden ser adecuadamente resueltos por quienes con denuedo buscaron el voto popular con el argumento de que ellas y ellos sí saben qué hacer y cómo hacerlo? ¿O más bien debemos agradecer que no aparezca un gigantesco perro amarillo que alce la pata y termine por refrendar nuestra muy mala suerte?La crisis del agua y la poca probabilidad de un arreglo duradero no pasa en primer lugar por el dinero; nos damos cuenta de que el Gobierno no tiene suficiente por lo previo: la dimensión de lo que es necesario hacer para que el área metropolitana de Guadalajara tenga agua en cantidad y calidad satisfactorias, y es imprescindible agregar el tratamiento y las inundaciones en la noción “crisis del agua”; la poca probabilidad de una resolución estructural pasa en primera instancia porque el Gobierno responda a la pregunta ¿qué hicimos mal? Y el plural es justo: al actual le toca asumir completa la crisis que instalaron los anteriores. Encontrar responsables ayudará a diagnosticar y entender lo que falló y sigue fallando: instituciones, el SIAPA, abiertas para que hagan lo suyo las y los corruptos (no sólo porque roben, sino por quienes aceptan cargos para los que no son aptos); la falta de planeación, marca perdurable del desarrollo de Guadalajara, y la inexistente proclividad a hablar con verdad y a practicar la transparencia; y, a un tiempo, desmenuzar los yerros y carencias técnicos, la cantidad de dinero disponible y así iniciar el remedio. Esto serviría para la crisis del agua, y asimismo para la de inseguridad, la de desigualdad, la medioambiental, etcétera. Fácil y, a un tiempo, dificilísimo; implica hacer política desde la democracia deliberativa y la rendición de cuentas, cosas que nomás no le acomodan a la actual clase política.agustino20@gmail.com