Luis Felipe Munguía, presidente de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (Conasami), publicó hace unos días una columna en El Financiero titulada “¿Puede subir más el salario mínimo?”, en la que concluye que sí, que el salario puede seguir creciendo sin mayor riesgo. Vale la pena tomarlo en serio, porque viene de quien diseña esa política, pero también es necesario señalar sus fallas: el salario mínimo ya no puede seguir subiendo de manera indiscriminada, porque el país acumula una economía que no crece y que, en lugar de crear empleos formales, los está destruyendo.El argumento central de Munguía es que el mercado laboral mexicano no es competitivo, que las empresas tienen poder de mercado (monopsonio) y que por eso pagan menos de lo que un trabajador realmente aporta. Cita estudios del BID que estiman ese “markdown” en 0.50: por cada 100 pesos que genera un trabajador, solo le pagan 50. De ahí concluye que hay margen para seguir subiendo el salario sin destruir empleo. El problema es que, para sostener esa conclusión, el propio Munguía admite que la productividad total de los factores —la medida más completa, con metodología KLEMS del INEGI— creció apenas 0.1% entre 2018 y 2024.Es su propio dato. Y aun así, argumenta que sí hay espacio para seguir subiendo el salario.Primera contradicción: la teoría del monopsonio solo tiene sentido en un mercado formal concentrado, donde unas cuantas empresas controlan la contratación. Pero en México, la tasa de informalidad laboral ronda 55% de la población ocupada, según el INEGI. Para más de la mitad de los trabajadores, el salario mínimo simplemente no aplica: no hay recibos de nómina y no hay Conasami que valga. Subir el salario mínimo puede corregir un “abuso de poder de mercado” en la fábrica o la tienda departamental, pero no toca ni un peso del ingreso de la mayoría de los trabajadores mexicanos. Es una política que, dispara a un objetivo cada vez más pequeño.Segunda contradicción. Munguía descarta la medida tradicional de productividad (ese 0.1%) y en su lugar usa la contribución del trabajo al valor agregado, que según él creció 24.6% entre 2018 y 2024, mientras el capital cayó 5.7 por ciento. El problema es que esa cifra no mide que los trabajadores produzcan más: mide que, al subir el salario mínimo por decreto, el costo laboral —y por lo tanto la “participación del trabajo” en la contabilidad nacional— sube casi en automático, sin que eso implique que cada trabajador generó más riqueza. Es circular: subes el salario, la contabilidad refleja que el trabajo “ganó terreno”, y luego usas ese resultado como prueba de que la productividad laboral subió.Tercera contradicción: Munguía afirma que primero debe subir el salario y después sube la productividad, y como evidencia muestra que, en los sectores con más trabajadores de salario mínimo, la productividad ponderada creció más (entre 1.5% y 2.4%) que el promedio nacional. Pero eso es correlación, no causalidad. Es igual de válido —si no es que más lógico— pensar que ocurre al revés: que los sectores que ya estaban creciendo y volviéndose más productivos son los que contratan más personal de entrada, incluido el que gana el mínimo. Confundir esa correlación con una prueba de causalidad es un típico error de estudiante de econometría.Y mientras el titular de la Conasami discute la teoría, el empleo formal en México se sigue deteriorando. La industria manufacturera perdió 127,200 empleos registrados ante el IMSS en 2025, la segunda mayor caída en veinte años. En Jalisco, solo en agosto de 2026 se perdieron 11,716 empleos formales, la mayor caída para ese mes en toda la serie histórica del IMSS; entre enero y julio, por cada nuevo registro patronal que se dio de alta en el estado, 73 se dieron de baja. No es una anécdota: es la extensión del problema que la columna de Munguía nunca aborda. Su análisis se queda en si la empresa debe pagar más o menos al trabajador que ya tiene contratado, pero no dice nada sobre el trabajador que ya no será contratado.Esa es, precisamente, la respuesta que están dando muchas empresas: automatizar en lugar de contratar. Por ejemplo, la cadena de gasolineras Oxxo Gas comenzó a instalar autocobro en sus estaciones de Monterrey y Guadalajara, eliminando a los despachadores; mientras la cadena tapatía El Pollo Pepe anunció que, ante la caída en el consumo, explora sucursales con pantallas de autopedido que requieren mucho menos personal.Ninguna de las dos decisiones son por capricho: responde a que, ante un costo laboral que sube por decreto y una productividad que —incluso con la medida más generosa— avanza muy lento, la opción para el empresario es sustituir trabajo por tecnología. Y quien pierde es, la persona con menos capacitación, la que menos alternativas tiene fuera de la informalidad.Nadie discute si el salario mínimo puede subir o no: puede subir, y de hecho ya subió 134% en términos reales desde 2020. La pregunta en 2026 es si puede seguir subiendo de manera indiscriminada, a ciegas a que el costo laboral total —salario, cuotas al IMSS, Infonavit, aguinaldo, prima vacacional— también suben con cada decreto, en una economía que no crece y con una productividad que, avanzó 0.1% en seis años.Defender la recuperación salarial está muy bien. Pretender que no tiene costos en empleo, cuando la evidencia de destrucción de empleo formal y automatización está a la vista de cualquiera que vea los números o vaya a cargar gasolina a una Oxxo Gas, ya no lo es.