Domingo, 04 de Octubre 2026

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¿Salida o voz en Guadalajara?

Por: Eugenio Arriaga Cordero

¿Salida o voz en Guadalajara?

¿Salida o voz en Guadalajara?

Guadalajara sigue perdiendo población. De acuerdo con la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI, se estima que el municipio de Guadalajara ha perdido poco más de 400 mil habitantes desde 1990, una reducción cercana al 25%. El dato resulta preocupante porque muestra una tendencia de largo plazo: el municipio ha perdido población de manera sostenida durante las últimas décadas.

Las razones por las que se van sus habitantes son complejas y pueden ser muy distintas. Pero si una persona considera que una ciudad ya no le ofrece las condiciones que busca —vivienda asequible, seguridad, agua limpia, calles sin baches, servicios eficientes, parques arbolados—, entonces quizá decida vivir en otra ciudad.

En 1970, Albert O. Hirschman publicó “Exit, Voice, and Loyalty” (“Salida, voz y lealtad”), un libro dedicado a estudiar las distintas respuestas que tienen las personas frente al deterioro de las organizaciones. Ante una situación que deja de satisfacerlas, las personas pueden ejercer “voz”: intentar modificarla desde dentro; o pueden optar por “salir”: abandonarla y buscar una alternativa.

Hirschman advierte, además, que la salida puede debilitar la voz: quien abandona una organización deja de participar en su transformación.

Una ciudad puede deteriorarse de muchas maneras. Puede acumular demasiada basura y no recogerla adecuadamente. Puede ofrecer viviendas cuyo precio se aleja cada vez más de los ingresos de quienes viven en ella. Puede experimentar problemas graves de inseguridad. Puede tener problemas en la calidad o disponibilidad del agua. Y puede acumular una sensación generalizada de que la ciudad no funciona como debería.

Algunos de estos problemas pueden entenderse, al menos parcialmente, a partir de lo que Garrett Hardin llamó la tragedia de los comunes: situaciones en las que una serie de decisiones individuales, perfectamente racionales desde el interés particular, terminan produciendo un resultado que perjudica a todos. Cada quien puede tener razones para usar más agua, generar más basura o aprovechar al máximo aquellos recursos compartidos que la ciudad pone a su disposición. El problema aparece cuando esas decisiones se multiplican: lo que resulta conveniente para cada individuo puede terminar deteriorando el bien que todos comparten.

Determinados recursos, espacios y servicios urbanos tienen, en ese sentido, características de bienes comunes. Y cuando se deterioran, la respuesta puede ser precisamente la que plantea Hirschman: salir.

Pero la posibilidad de salir no está distribuida de la misma manera entre la población. No todos tienen igual capacidad para elegir entre quedarse e irse. Supongamos que una persona tiene los recursos económicos, académicos, profesionales y familiares necesarios para mudarse de ciudad. Puede trabajar desde otra ciudad. Puede vender o rentar su vivienda. Puede comprar otra. Puede trasladar a sus hijos de escuela. Puede asumir los costos de una mudanza. Puede conservar su red profesional o reconstruirla en otro lugar.

Para esa persona, marcharse puede ser una elección. Puede preferir vivir en otra ciudad. Puede buscar una ciudad más pequeña, más segura, más ordenada, más caminable o simplemente diferente. Puede, incluso, considerar que ha llegado el momento de cambiar de paisaje.

Pero existe otra posibilidad. Hay personas que se van porque ya no pueden permanecer. No porque hayan dejado de querer a Guadalajara, sino porque quedarse resulta demasiado costoso. El precio de la vivienda puede expulsarlas. El tiempo de traslado de su casa al trabajo puede hacerlo. La inseguridad puede modificar sus decisiones. Las condiciones ambientales o la calidad de los servicios urbanos pueden desalentar su permanencia.

En ambos casos observamos el mismo fenómeno: alguien se va. Pero las dos opciones no significan lo mismo. Para unos, salir puede ser una expresión de libertad. Para otros, puede ser la consecuencia de la falta de alternativas. Digamos que no todos eligen en las mismas condiciones. Decir que alguien “eligió irse” puede esconder las razones que hicieron posible que tomara esa decisión.

Está claro que una ciudad pierde mucho cada vez que alguien se marcha. Pierde consumidores, trabajadores, empresarios, estudiantes, familias, niños, profesionales, vecinos y, lo más importante, pierde futuro: personas que habrían podido participar en su transformación. Y entonces aparece una paradoja: quienes tienen mayores posibilidades de salir pueden ser también quienes cuentan con más recursos para imaginar, exigir y construir una ciudad diferente.

Si se marchan, su salida puede ser perfectamente racional desde el punto de vista individual. Pero puede tener consecuencias negativas para el conjunto de la sociedad. Hirschman observaba precisamente esta tensión: la posibilidad de “salida” puede reducir los incentivos para ejercer la “voz”. Si quienes tienen capacidad de abandonar una organización lo hacen, quedan menos personas en condiciones de presionar por el cambio necesario desde dentro.

Por otro lado, nos queda preguntarnos: ¿quiénes han elegido quedarse? Porque quedarse también puede ser una elección. Hay quienes se quedan porque desean permanecer. Tienen vínculos con la ciudad: familia, trabajo, amigos, memoria. Les gusta Guadalajara. Pueden reconocer sus problemas y, aun así, consideran que todavía vale la pena vivir aquí. Para ellos, salir no es todavía una opción.

Y cuando salir no es una opción, la otra posibilidad de Hirschman, la “voz”, adquiere una importancia particular. La voz significa reclamar, organizarse, participar, exigir, proponer o intervenir. Significa asumir que la ciudad no es simplemente un servicio o la marca de un producto que uno puede cambiar por otro en el anaquel de un supermercado, sino un espacio compartido cuya transformación depende de quienes permanecen en él.

¿Qué tendría que cambiar para que las personas opten por quedarse en Guadalajara? ¿Será que quienes elegimos quedarnos tenemos la capacidad —y la voluntad— de ejercer nuestra voz para transformarla?

Eugenio Arriaga Cordero es doctor en estudios urbanos por la Universidad estatal de Portland  y académico de la Esarq.

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