Lunes, 06 de Julio 2026

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Más cajones, menos ciudad

Por: Xavier Iturbide

Más cajones, menos ciudad

Más cajones, menos ciudad

Hay una forma silenciosa de destruir una ciudad que no requiere terremotos, incendios ni grandes planes de demolición. Basta con quitar una casa aquí, una finca allá, una vecindad más adelante, y dejar en su lugar un rectángulo de asfalto. Después se pintan rayas blancas, se levanta una caseta, se cobra por hora y se dice que aquello es progreso porque ahora “hay dónde estacionarse”.

Guadalajara ha hecho esto durante décadas en su Centro Histórico. No siempre con violencia visible, sino con esa resignación administrativa con la que las ciudades aceptan perderse poco a poco. Donde antes hubo casas familiares con zaguanes, ventanas, talleres, comedores, señoras sentadas en la entrada y vecinos que sabían quién pasaba por la calle, hoy hay lotes al aire libre que durante el día guardan coches y durante la noche guardan silencio.

Un estudio reciente que realicé identificó al menos 218 estacionamientos de superficie en el Centro de Guadalajara y sus colonias aledañas. Sumados, ocupan 26.7 hectáreas, o unas 37 canchas de futbol. Dicho de otro modo: hay una pequeña ciudad posible, ya urbanizada, ya servida por calles, drenaje, transporte y servicios, que hoy está dedicada a guardar automóviles detenidos.

El dato importa, pero importa más lo que revela.

Durante años hemos repetido que el Centro necesita más estacionamientos para atraer gente. La frase parece práctica, casi incuestionable. Pero la historia urbana de Guadalajara dice otra cosa. Antes había más gente en el centro y había menos estacionamientos. La zona Centro perdió decenas de miles de habitantes desde los años 90. El municipio entero perdió más de 260 mil habitantes mientras la metrópoli crecía hacia la periferia. En ese contexto, el estacionamiento no parece haber sido la solución a la decadencia del centro. Más bien parece haber ocupado el lugar que la vida dejó vacío.

No se trata de negar que la gente usa coche, ni de fingir que todos pueden llegar siempre caminando, en bicicleta o en transporte público.

Pero tampoco podemos seguir aceptando que cada problema urbano se resuelve entregándole más suelo al automóvil. El coche necesita espacio; la ciudad también. Y cuando el coche estacionado ocupa los predios donde podría haber vivienda, comercio, sombra, patios, escuelas, consultorios, cafés o banquetas más activas, el costo ya no es de movilidad. Es de civilización urbana.

Mexicaltzingo lo muestra con especial crudeza. Es uno de los barrios más antiguos de Guadalajara, un lugar con memoria propia. Sin embargo, ahí existen enormes superficies de estacionamiento, algunas de hasta media manzana. Entre semana sirven a burócratas, visitantes casuales y uno que otro pensionado. Pero el fin de semana y por las noches, cuando esas oficinas cierran, el barrio queda extrañamente hueco. Como si la ciudad hubiera sido organizada para recibir autos de lunes a viernes de 9 a 6, pero no para sostener vida el sábado y domingo por la tarde.

Ahí está la clave. Hemos confundido afluencia con vitalidad. Que alguien llegue, se estacione, haga un trámite y se vaya no equivale a tener ciudad. Una ciudad no se mide solamente por cuánta gente visita durante el día, sino por cuánta gente se queda por la noche, cuánta gente puede vivir ahí, cuántas razones existen para caminar una cuadra más. La vitalidad no nace de los cajones disponibles, sino de la mezcla: vivienda sobre comercio, oficinas cerca de fondas, escuelas cerca de plazas, adultos mayores cerca de farmacias, jóvenes cerca de transporte público, familias cerca de parques, edificios con ventanas y calles con ojos.

Otras ciudades ya entendieron que el centro no se salva volviéndolo más cómodo para atravesarlo en coche, sino más deseable para habitarlo. Algunas han empezado a quitarle al automóvil esa prioridad absoluta que durante décadas pareció inevitable. No lo hacen por odio al conductor, lo hacen porque descubrieron algo bastante simple: cuando una ciudad invita a caminar, aparecen caminantes; cuando invita a vivir, aparecen vecinos; cuando invita a permanecer, aparece comercio de verdad.

Guadalajara tiene una oportunidad parecida, pero debe dejar de mirar sus vacíos como inevitables. Esos estacionamientos podrían ser vivienda media y accesible, comercios de planta baja, hoteles familiares, residencias para estudiantes, talleres, florerías, patios interiores, plazas arboladas, edificios discretos que completen la manzana. A veces la mejor operación urbana consiste simplemente en volver a coser lo que fue rasgado.

El estudio completo estará disponible en revisionesgdl.com para quien quiera revisar mapas, datos y metodología. Pero la pregunta que deja no es solamente técnica. Es una pregunta sobre la ciudad que somos y la ciudad que decimos querer ser. ¿Queremos un centro al que se llega, se estaciona y se abandona? ¿O queremos un centro donde se pueda vivir?

La vida urbana no regresa porque encuentre dónde estacionarse. Regresa cuando encuentra dónde quedarse.

El barrio de Mexicaltzingo ha visto el crecimiento de estacionamientos en diversas de sus manzanas. CORTESÍA
La proliferación de espacios para autos afecta la capacidad de la ciudad para ofrecer otro tipo de servicios. CORTESÍA

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