Viernes, 13 de Marzo 2026

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Los reclutas del cártel

Por: Jonathan Lomelí

Los reclutas del cártel

Los reclutas del cártel

Uno, a veces, sólo quiere entender. ¿Por qué hubo decenas de soldados del cártel -la mayoría jóvenes- dispuestos a incendiar 806 vehículos en Jalisco tras la muerte de Nemesio Oseguera, El Mencho?

¿Qué motiva a esos jóvenes a tomar un arma homicida y enrolarse en las filas del cártel?

Encontré parte de la respuesta en Geografías de la crueldad, un documento presentado por el Programa de Seguridad Ciudadana de la IBERO, el Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México y México Evalúa.

Se trata de un compendio surgido de las “Jornadas para la Reducción de la Violencia Homicida” que se llevaron a cabo en noviembre de 2025 y en donde participaron 33 especialistas de la academia, sociedad civil y el periodismo de investigación.    

Los abordajes son múltiples, todos enfocados en tratar de responder una pregunta: ¿cómo construir una política de paz?

En la conferencia inaugural, el antropólogo Claudio Lomnitz deja claro que no es lo mismo medir delitos que comprender la función social de la violencia, dos cosas que los gobiernos confunden a menudo.

Una de las muchas aristas abordadas se relaciona con los jóvenes reclutas y el mecanismo detrás de su enrolamiento voluntario en el crimen organizado.

Existe algo que los especialistas llaman “comparación social”. Trataré de explicarlo.

Los gobernantes abordan la pobreza como el factor que propicia entornos violentos y abrevia el camino hacia la criminalidad. Se necesita, nos dicen, sacar de la precariedad a esos jóvenes (atender las causas).

Sin embargo, el problema no es un asunto de falta de medios materiales para subsistir. No solamente eso. Pues bastaría que el joven tuviera lo indispensable para apartarlo de la estadística de pobreza material.

Lo que entra en juego es una variable más compleja: la desigualdad y el mecanismo identificado como “comparación social”.

Elementos recurrentes en testimonios de jóvenes reclutas del cártel apuntan a que el sentimiento de exclusión no se reduce a una simple condición económica: “Lo que los jóvenes reclutados experimentan no es la pobreza como carencia absoluta sino la desigualdad como posición relativa, la constatación cotidiana de que otros tienen lo que ellos no”, apunta el estudio.

Podríamos denominarlo como una “envidia estructural”. Es un sentimiento de exclusión en donde la comparación constante con “los otros” cataliza ese deseo meteórico de alcanzar un estatus superior, a toda costa.

Las transferencias monetarias a través de programas como Jóvenes Construyendo el Futuro, aunque alivian la carencia inmediata, resultan insuficientes frente a la privación relativa: no basta con dar un ingreso si este no cierra la brecha simbólica de estatus que empuja al joven a buscar en el crimen el reconocimiento que la sociedad le niega.

Estamos ante kamikazes cuya filosofía puede resumirse en aquella esta popular: mejor vivir una hora como rey que una vida de buey.

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