“Tenemos que acostumbrarnos a administrar la abundancia”. En estos términos se ufanó López Portillo durante la bonanza petrolera de su sexenio, impulsada por la explotación del complejo Cantarell.Desafortunadamente, esta ilusión de abundancia pronto se esfumó ante un gasto público sin precedentes y una dependencia absoluta del “oro negro”, dando pie a una de las peores crisis económicas en nuestro país.Con cierto paralelismo, hace apenas algunos meses, con aires triunfalistas, Elon Musk pronosticaba que, ante el auge de la inteligencia artificial y su impacto en la producción de bienes y servicios, para 2036, el dinero dejará de importar y estaremos ante una “abundancia sostenible”.Pero más rápido cae un hablador que un cojo. Esta utopía de la inteligencia artificial se antoja cada vez menos probable. Y, por el contrario, pareciera que el desarrollo de esta tecnología nos vaticina una distopía. Al menos, si no es supervisada y desarrollada con responsabilidad.Un simple post en “X” de Jacob Coxon, un ex colaborador de OpenAI (ChatGPT) y Anthropic (Claude), detonó un intenso debate sobre el futuro de esta industria y los peligros que representa a la humanidad, sobre todo ante la capacidad de los agentes de IA para evolucionar por sí mismos.Los líderes del sector hicieron eco. Dario Amodei, de Anthropic, publicó un ensayo pidiendo desacelerar el avance de los modelos, y Altman y el propio Musk se sumaron al llamado. Lo cual provocó una caída relevante en el valor de las acciones de empresas relacionadas con la IA.La propuesta, sin embargo, presenta una seria contradicción. El mismo ensayo que pide frenar exige asegurar que Estados Unidos y sus aliados no pierdan la delantera frente a China. El gobierno estadounidense, por su parte, rechazó imponer controles obligatorios precisamente para evitar que su país pierda esa delantera.China sostiene las mismas preocupaciones, pero desconfía de la legitimidad del planteamiento, considerando el llamado como un intento de descarrilarla. Para Pekín resulta difícil creer en la sinceridad de quien pide frenar a todos mientras exige asegurarse de llegar primero. Parece sacado de manual de la Guerra Fría.Así, el problema yace en quién desacelerará primero o, si alguien efectivamente lo hará.Cuánta razón parece tener Yuval Noah Harari al evocar el poema de Goethe sobre el aprendiz de brujo. Probablemente pocos lo recordemos, pero sin duda muchos tenemos presente a Mickey Mouse en su papel de incipiente hechicero en la película Fantasía.Un joven aprendiz aprovecha la ausencia de su maestro para probar sus nuevas habilidades y hechiza una escoba que traiga agua por él. Una vez que la escoba llena el recipiente no recuerda las palabras mágicas para detenerla. Desesperado, agarra un hacha y la parte en dos. En lugar de pararse, cada mitad sigue trabajando e inundando al doble. Al final, el maestro llega y conjura las palabras mágicas que detienen a la escoba.El problema es que, en la vida real, hay demasiados aprendices. Cada potencia y cada startup continúa hechizando nuevas escobas con el pretexto de que, si se detiene, perderá frente a sus competidores. Y, sobre todo, no hay expectativa de un maestro que llegue a tiempo.Quizás López Portillo y Musk tengan razón. Habrá que acostumbrarse a administrar la abundancia, pero de agua.hecromg@gmail.com