Sábado, 21 de Marzo 2026

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Las taras de los intelectuales (II)

Por: Alonso Solís

Las taras de los intelectuales (II)

Las taras de los intelectuales (II)

La soberbia es una fuente profunda de nuestra intolerancia intelectual. El académico petulante y egocéntrico no busca comprender sino pontificar, la estrategia de los líderes de sectas y profetas religiosos. El intelectual vanidoso se caracteriza por un apetito desenfrenado por la admiración de sus colegas y el reconocimiento público, lo cual va a menudo aparejado de grandes beneficios económicos. Relega, por tanto, a segundo plano el examen crítico y la difusión de ideas y reflexiones útiles en la esfera pública que puedan nutrir moral y políticamente a la comunidad. El intelectual vanidoso renuncia, pues, a su función social, establecida hace más de dos mil años en Atenas: la crítica.

En el orden de prioridades del intelectual vanidoso, el relumbrón y el glamour ocupan la cima. Por ello, en lugar de ser fiel a los temas que obsesionan y aguijonean su mente, suele tratar asuntos y adoptar posiciones de moda o que calcula pueden granjearle cierto éxito entre las masas. No es raro, por ende, que este tipo de intelectual —producto de la moderna sociedad del espectáculo— suela ser reacio a la crítica, intolerante e incapaz de un genuino encuentro dialógico. Invariablemente, prefiere el monólogo solipsista a una estimulante y plural conversación entre pares.

Aquel que se irrita ante un cuestionamiento o punto de vista distinto se niega, a priori, a considerar que el otro pueda estar en lo correcto y tener la razón. Por consiguiente, lo quiera o no, está comportándose dogmáticamente. Si ese individuo es político, buscará aplastar a sus rivales; si es docente, desanimará las interrogaciones y críticas de sus estudiantes, minando, tal vez para siempre, su vocación científica y, lo que es peor, su autoconfianza intelectual y moral.

El primer paso para confrontar los rasgos ominosos del presente (la política del odio, la cerrazón prejuiciosa, la polarización) es decidirnos a aprender y practicar el arte de la discusión generosa: abierta, imaginativa y civil, tal y como hacía Sócrates —lo mismo con esclavos y hombres libres que con sofistas, artesanos y poetas, jóvenes y ancianos—. A Sócrates nunca se lo vio irritado por un cuestionamiento o idea divergente: por el contrario, los agradecía y atesoraba. De ahí que el título del excelente libro de Rafael del Águila, Sócrates furioso. El pensador y la ciudad (Anagrama, 2004), sea un oxímoron divertido e irónico.

Sócrates sabía bien que sólo la exposición a ideas diferentes nos permite afinar nuestros puntos de vista y disolver nuestras contradicciones intelectuales e incongruencias morales. Para conocernos a nosotros mismos, para crecer ética y cognitivamente y ampliar así nuestros horizontes, debemos abrirnos al Otro y sus creencias. Por ello la disposición a escuchar es una de las mayores virtudes socráticas.

Aprendamos a conversar y hagámosle frente a la intolerancia y la vanidad que, si somos honestos, a casi todos, en distintas formas e intensidades, nos aquejan. Edifiquemos, pues, una cultura intelectual y académica menos dogmática, atomista y frívola, y más moderna, liberal y comunitaria. Nuestros estudiantes y jóvenes lo merecen.

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