Hay algo especial en las películas de los noventas: tienen una atmósfera cálida y son historias que cautivan. No tenían grandes efectos especiales ni contaban con cientos de millones de dólares de presupuesto, muy distintas a las de hoy, que abruman como entretenimiento de consumo rápido, algo que se mira y se olvida fácilmente, llenas de explosiones, autos, armas, actores que superan todo estándar de belleza conocido y ubicaciones paradisiacas capturadas desde el cielo con un dron, pero con poca sustancia. Qué paradójico, que conforme los recursos y facilidades para crear con grandeza aumenten, los productos resultantes sean más mediocres. Y qué tiene que ver, me pregunto, la rapidez del consumo en el arte, en las películas y en los libros, y el valor que les otorgamos, con la rapidez y la facilidad con las que fueron creados.Comparemos al autor de un libro a finales del siglo diecinueve con uno del siglo veintiuno. El autor del siglo veintiuno tendrá a su disposición las veinticuatro horas del día para trabajar en su computadora, acceso al cúmulo de conocimiento humano recopilado en internet de manera rápida y sencilla, y la posibilidad de usar herramientas como la inteligencia artificial para crear su obra maestra en menos de una semana. Cuando ese libro salga a publicación, si es que las grandes editoriales se lo aceptan, tendrá que competir con un universo de libros ya escritos sobre todos los temas. Es probable que su propuesta no sea novedosa, y entonces es matar o morir, hay que sacar algo escandaloso, entretenido y rápido, algo que pueda leerse en una semana, en un vuelo, que se compre, se lea y se olvide.El autor del siglo diecinueve, por el contrario, trabajaría pocas horas al día, tal vez a la luz de una vela por la noche, y escribiría a mano algo que lleva muchos años desarrollando y madurando. Tendría acceso solamente a su biblioteca local, a lo que ha vivido y experimentado, a los frutos de una imaginación a la que se ha dado rienda suelta sin distracciones. No tendría herramientas de edición instantánea, tendría que pulir poco a poco sus ideas, comentarlas con amigos, con mentores, pensarlas y reescribirlas. No podría recurrir a la información que tenemos hoy en día, y se permitiría desarrollar sus propias teorías, desde una curiosidad que da espacio a la falta de certeza, que invita a la reflexión antes de dar respuestas absolutas.Y no, no idealizo el pasado como el lugar idílico en el que todo lo creado era perfecto, pero sí me permito comparar la profundidad y velocidad de los procesos, y la forma en la que la eficiencia y la facilidad han desalmado la creatividad humana. No quiero literatura, cine, ni comida rápida. Prefiero dedicarle tiempo a hacer las recetas de mi abuela, de esas que necesitan muchas horas de trabajo, que permiten que los sabores se desarrollen y profundicen a fuego lento.Esta rapidez de consumo y creación, gracias a las increíbles facilidades tecnológicas que tenemos, este exceso de información y de entretenimiento, vienen con un precio grande a pagar. La renuncia al ocio, la renuncia al tiempo muerto en el que las ideas echan raíz. No queremos aburrirnos, ni podemos hacerlo. La adicción al vórtice del consumo es casi irresistible, y por lo tanto, nuestra aproximación a algo disponible a nosotros en tanta abundancia se vacía de recogimiento y de admiración.Ese libro, esa película, esa obra de arte, es una entre millones, algo que se puede reproducir infinita e industrialmente sin verdadera diferenciación. La sacralidad de lo especial y de lo único se pierde, porque la creación se convierte en un commodity.Nunca en la historia hemos tenido acceso a tanta comodidad, y nos está pudriendo por dentro. Podemos distraernos de manera infinita, instantánea y personalizada, y desconectarnos así de la incómoda posibilidad de encontrarnos con la parte de nosotros que teme, que adolece, que profundiza y que crea.@luciachidan