Un buen número de columnistas dignos y fieles integrantes de la comentocracia mexicana han analizado el nuevo giro a la derecha en varios países de América Latina. Las elecciones recientes —o en todo caso desde hace un par de años— en Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Perú y ahora Colombia, sin olvidar a Costa Rica, han arrojado resultados favorables no sólo a candidatos de derecha —que algunos denominan de ultraderecha— sino contendientes con muchos puntos comunes entre ellos, y con posiciones que sí son más extremas que las de una cierta derecha tradicional que dominaba una parte del espectro ideológico y político de estos países.Kast aspira a ser mucho más radical que Piñera lo fue en Chile, aunque no es seguro que lo pueda lograr. De la Espriella pretende ser mucho más draconiano en su lucha contra el narco y su alineamiento con Estados Unidos del que tuvo Iván Duque hace poco, y desde luego Juan Manuel Santos —que nunca ha pertenecido realmente a la derecha colombiana— o incluso Álvaro Uribe. Y si bien Keiko Fujimori busca en ocasiones enfatizar el legado más social y centrista de su padre, ella también ha asumido posturas más virulentas que la derecha tradicional peruana.Otra característica común que tienen estos candidatos convertidos en gobernantes es su clara afinidad o simpatía por Donald Trump. Muchos de ellos recibieron el apoyo explícito del presidente estadounidense: Milei, Noboa, De la Espriella, Kast. Han empezado ya, o se han comprometido a hacerlo muy pronto, a participar en el Escudo de las Américas, el frente militarista y antinarco que Trump y Rubio han echado a andar. En este sentido, también, quizás estos nuevos líderes de derecha son diferentes de las corrientes tradicionales conservadoras en América Latina, que no todas eran ciegamente proamericanas. Y por si no bastara buscar cercanía con MAGA en Estados Unidos, algunos de los mandatarios ya mencionados procuran asimismo acercarse a fuerzas de derecha —o de extrema derecha— en Francia, en Alemania, en Inglaterra y en España, y en menor medida en Italia.Esta tendencia representa un gran reto para los países que, por lo pronto, constituyen excepciones ante esta marea conservadora, a la que no podemos aplicarle una etiqueta de color, aunque algunos, como “The Economist”, se han atrevido a pintarla de naranja, más por el color del pelo de Donald Trump que por las revoluciones en Europa del Este. En primer lugar, Gobiernos como los de México, Brasil y Uruguay hoy se encuentran mucho más aislados en la región que antes. Y esto, aunque probablemente no llegue a afectar el resultado electoral brasileño hacia finales de año —Lula parece poder ser la excepción ante la marea naranja—, sí dificulta enormemente el que sigan sosteniendo posturas procubanas, pronicaragüenses, antiimperialistas, antiisraelíes, y de cierta neutralidad ante la invasión rusa de Ucrania.El reto se agudiza cuando uno incorpora al análisis el probable resultado de las elecciones que tendrán lugar en España antes de la primavera del 2027, donde el PSOE, agobiado por escándalos de corrupción que han empañado su buena conducción económica —el mejor desempeño de la Unión Europea—, y puede perder el poder ante el PP, con o sin el apoyo tácito o explícito de Vox. Si nos vamos a la Cumbre de Barcelona, a la que asistió Claudia Sheinbaum, de los varios mandatarios ahí presentes, es posible que para el año entrante solo sigan en el poder ella y Lula en Brasil, y quién sabe.El segundo reto ya se ha señalado por muchos analistas desde hace tiempo. Consiste en el tema central que ha llevado a la marea naranja al poder en estos países de América Latina: la seguridad. Con o sin razón —en Chile y en Argentina es evidente que hay exageraciones— los electorados de estos países han entrado en un verdadero pánico ante la percepción y la realidad de un auge en la delincuencia, la criminalidad, la fuerza del crimen organizado, y la seducción de modelos aberrantes como el de Bukele en El Salvador.Esto ha dejado desamparada a buena parte de la izquierda latinoamericana que, como dice Pérez Ricart en “Reforma”, prefirió siempre hablar de las causas profundas de la violencia. Pero, además —y esto no se menciona lo suficiente— no ha sabido disociar la necesidad de políticas de seguridad democráticas, eficaces y contundentes de los antecedentes represivos innegables en América Latina.Gente como Lucía Dammert en Chile, o Lisa Sánchez en México, han mostrado cómo a la izquierda latinoamericana le da urticaria la idea de una política de seguridad democrática (el término que utilizó Uribe) para tranquilizar a los electorados, tanto a los que realmente tienen motivo para sentir miedo y a los que simplemente se histerizan por noticias que no necesariamente reflejan una realidad más compleja.A Sheinbaum le pasa un poco lo que a algunos otros en esta materia. Obviamente, le tiene pavor a la represión, aunque al mismo tiempo ha mandado detener a decenas de miles de personas en menos de dos años de su presidencia, la inmensa mayoría todavía sin juicio ni sentencia. Pero lo vimos con la Coordinadora y las Madres Buscadoras antes del Mundial. Los recuerdos del 68, del 71 y de otros momentos de la historia moderna de México le impiden aplicar la ley. Se entiende. Pero esto innegablemente abre el flanco a posturas como las que han surgido y han vencido en los demás países de América Latina que hemos mencionado. Se trata de algo que habrá que seguir con cuidado.jcastanedaX:@JorgeGCastaneda