La información puede servir para que una sociedad conozca mejor la realidad en la que vive, pero también puede utilizarse para construir la realidad que el poder desea que sus ciudadanos crean. La diferencia parece mínima, pero en ella está una parte fundamental de nuestra libertad.En una democracia sana, la información debe caminar hacia el ciudadano. Permitirle conocer qué hacen sus gobernantes, cómo administran los recursos públicos, cuáles son sus decisiones, sus errores, sus intereses y también sus contradicciones. El poder tiene que aceptar ser observado porque quien gobierna no es dueño del Estado. Apenas lo administra temporalmente y por la voluntad ciudadana.Por eso la transparencia incomoda tanto al poder. Obliga a dar explicaciones correctas.Las dictaduras han comprendido desde siempre el fenómeno en sentido contrario. La información no debe servir para que la población conozca al gobierno, sino para que el gobierno conozca, vigile y controle a la población. Saber qué piensa, qué teme, qué desea y hasta dónde está dispuesta a obedecer.Entonces ocurre una inversión muy interesante: el ciudadano deja de observar al poder y comienza a ser observado por él.Sin embargo, sería demasiado sencillo imaginar que esta diferencia separa perfectamente a la democracia de las dictaduras. Ahora se han complicado considerablemente las cosas.Hoy ya no es necesario quemar libros, cerrar periódicos o prohibir las opiniones para controlar la información. Hay procedimientos mucho más sutiles. Basta saturar al receptor. Y hoy la IA es muy útil.Cuando recibimos miles de noticias, videos, declaraciones, imágenes, rumores, estadísticas y opiniones cada día, podemos terminar, paradójicamente menos informados. Tenemos más datos, pero no necesariamente mejor comprensión.Ese es uno de los grandes peligros contemporáneos.El exceso de información también puede producir ignorancia por confusión.Cuando todo parece importante, nada termina siéndolo. Cuando una noticia sustituye inmediatamente a la anterior, desaparece de la memoria. Y sin memoria resulta difícil comparar, descubrir contradicciones y exigir responsabilidades.El poder moderno ha aprendido algo que quizá las antiguas dictaduras aún no comprendían plenamente. No siempre es necesario ocultar la verdad. En ocasiones basta enterrarla debajo de toneladas de más información.Por eso el verdadero problema no consiste solamente en preguntarnos cuánta información recibimos, sino quién la selecciona, quién decide qué vemos primero, qué permanece visible, qué desaparece y hacia dónde se dirige nuestra atención.La información es mucho más que un conjunto de datos. Es una de las herramientas con las que construimos nuestra percepción de la realidad.Una sociedad libre necesita ciudadanos capaces de mirar hacia arriba, hacia donde se encuentra el poder, y preguntarle qué está haciendo y por qué.El peligro comienza cuando el poder nomás mira hacia el pueblo, y éste ya no puede vigilar a su gobierno.dellamary@gmail.com