Cuando en los años ochenta el Gobierno insistía en que iba al fin a modernizar México, ella puso la mirada en los jóvenes en la calle, cuestionamiento contestatario desde las vivencias de grupos que reclamaban su lugar y no ser definidos desde el DF ni por el TLC.Cuando el huachicol tuvo una de sus primeras grandes expresiones mortíferas y por el robo de combustibles el 22 de abril de 1992 en Guadalajara mató a doscientos y destrozó vida y patrimonio de miles, ella no pasó página al tercer día ni al tercer año, ni a la tercera década: las deudas de justicia no caducan, era una de sus consignas. Cuando el nuevo siglo prometía gobiernos distintos no solo al PRI sino al estilo priista, ella se afianzó en su misma trinchera: no habría renovación si la política no hacía suya la deuda con los jóvenes, si no se les ponía en el centro de la debutante “democracia”.Luego vino la guerra contra el narco y los horrores de la “narcomáquina”, poblaciones juveniles y de todo tipo arrasadas por un modelo criminal que, sin resistencia de la clase política elitista e indolente, evolucionaría a la “necromáquina”. Ella no lo definió así desde un cubículo siempre abierto a alumnos presenciales o vía remota, sino que lo entendió desde el territorio, desde la escucha, poniendo la pluma al servicio de la historia de las víctimas.Y cuando finalmente llegó al poder la izquierda morenista, regresó a sus viejos cuadernos para denunciar que hacían lo mismo que el PRI original, el PAN empresarial o el doctrinario y el PRI peñanietista: una política que margina y coarta al ciudadano antes que reconocerlo.A pesar de esa batalla, para Rossana Reguillo lo fundamental no era que su voz fuera escuchada por las masas, que su diagnóstico se volviera único o fundamental. Hay un momento clave donde define que será maestra, no columnista, investigadora, no influencer, que estará en la protesta, no en el plató.Hace 35 años Reguillo fue invitada a fundar “Siglo 21”, diario que pretendía cambiar Jalisco. Estuvo muy cerca del proyecto que nacía como respuesta coral ante el intento del PRI, presuntamente modernizado, retener el monopolio de la conversación.En lugar de involucrarse en las fatigas de esa redacción, y dejando pasar las eventuales ganancias de un medio que a la postre fue semillero de muchas voces de influencia, incluso a nivel internacional como Alexandra Xanic, Rossana creó lo más parecido a su propia redacción.Desde siempre dentro del ITESO, su casa por medio siglo, pero particularmente luego de ser tentada sin éxito para migrar al diarismo, Reguillo optó por desarrollar herramientas y método para ayudar a los periodistas e investigadores a entender la sociedad, a resistir al poder. La doctora Reguillo se convirtió en eso que en inglés llaman “go to person” (no creo que a ella le gustara que recurriera al inglés pero es una expresión exacta) para entender cómo no quedarse en la superficie de las noticias, cómo horadar la resistencia incluso de los editores por seguir cubriendo las violencias. De lo anterior, da fe el alud de testimonios que en las redes sociales han surgido desde la noticia de su muerte el fin de semana. Fue más importante que un medio porque influyó en centenas de quienes los habitan, fue más esencial que un columnista porque creó un método que otros se apropiaron y se apropiarán.Y esa su labor le trascenderá. Sus libros no son papel, ni sus conferencias pasto para la nostalgia. Son lecciones a re-visar y a re-tomar.