Martes, 21 de Julio 2026

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La euforia también tiene reglas

Por: Dra. Isabel Álvarez Peña, Decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Panamericana

La euforia también tiene reglas

La euforia también tiene reglas

Cuando tú leas estas líneas ya sabremos quién es el campeón de fútbol mundial, yo las escribo antes de saber si será Argentina o España; alrededor del mundo a quienes les gusta el futbol, decidieron apoyar a una u otra selección, y en algunos casos con la misma o mayor euforia que si se tratara de su propio país.

Hablando de euforia, en estos días hemos visto una alegría difícil de igualar, pero también hemos visto el otro lado de la moneda: aficionados dañando vehículos ajenos, agresiones a la autoridad, y desafortunadamente, personas que han perdido la vida en estos eventos.

Este tipo de conductas no son nuevas ni exclusivas del fútbol. La psicología ha documentado cómo el individuo, que, en condiciones ordinarias, no realizaría ningún acto que podría ser constitutivo de un delito, al fundirse en la masa, experimenta algo parecido a una suspensión temporal del juicio propio y realiza conductas impensables para él; la identidad personal se diluye en una identidad grupal y el riesgo deja de evaluarse como se evaluaría en soledad. Estudios sobre disturbios en protestas y eventos deportivos muestran, sin embargo, un matiz importante que conviene no perder de vista: incluso en los episodios más violentos, la proporción de personas que efectivamente cometen actos de violencia es baja, y esas personas no actúan al azar ni de manera uniforme. La decisión, en el fondo, sigue siendo individual.

Si a esa emoción propia de las masas, le añadimos el ingrediente del consumo del alcohol sin medida podemos explicar mejor por qué alguien actúa de determinada manera, pero explicar no es lo mismo que justificar. Los códigos penales no reconocen "estar en medio de una multitud eufórica" y menos “bajo los efectos del alcohol” como causa de exclusión de responsabilidad. Al contrario, en algunos ordenamientos dichas conductas constituyen agravantes, no atenuantes.

A quien se embriaga y después comete un delito, como consecuencia de un menor control de sí mismo, el derecho no lo premia, sino que retrotrae la responsabilidad al momento en que la persona decidió exponerse a esa situación. Algo similar puede pensarse de quien se suma, sabiendo lo que puede desatarse, a una celebración masiva con antecedentes de descontrol. Nadie nos obliga a quedarnos con la multitud, quien decide hacerlo asume también las consecuencias de lo que allí decida hacer.

No se trata de criminalizar la alegría colectiva ni de mirar con sospecha cada celebración popular. El fútbol, las fiestas patrias, los conciertos multitudinarios son parte legítima y valiosa de la vida en comunidad, y la gran mayoría de quienes participan en ellos no comete ningún ilícito. Pero precisamente por eso vale la pena distinguir: una cosa es la efervescencia compartida, y otra muy distinta usarla como coartada. Decir "me dejé llevar" puede describir honestamente un estado emocional, pero no puede convertirse en una defensa jurídica ni en una excusa moral que aceptemos sin más en la conversación pública.

 Cada golpe dado, cada bien destruido, cada agresión cometida "por la emoción del momento" tiene un autor concreto que tomó, en algún punto, una decisión que pudo no tomar. Reconocerlo es un ejercicio de respeto: hacia las víctimas de esas conductas, y hacia la idea misma de que somos personas libres, capaces de responder por lo que hacemos, incluso cuando el ruido de la multitud parece ofrecernos una salida fácil.

El mundial ha terminado, pero la oportunidad de reflexionar sobre estos temas sigue vigente, seamos responsables de nuestros actos.

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