¿Por qué entró en crisis el marxismo en México y América Latina durante los años ochenta? La crisis fue teórica, pero ante todo histórica. Mucho antes de la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, las sociedades latinoamericanas habían pasado por una transformación mayúscula. Habían surgido nuevos actores sociales (los sectores medios urbanos), tendencias culturales (el rock y la contracultura), agendas políticas (el feminismo, la globalización, el ecologismo) y, sobre todo, conflictos no explicables en términos de «lucha de clases» (el indigenismo o las disputas generacionales). Además, no sólo no colapsó el capitalismo, como profetizaba el marxismo; durante los años setenta y ochenta, se reafirmó en clave neoliberal.El Partido Comunista Mexicano entendió varios de esos cambios. No obstante, las transformaciones sociales de la región, aunadas al fracaso de los regímenes de tipo soviético y al imprevisible derrumbe de la URSS, pusieron de manifiesto la obsolescencia de las teorías unilineales de la historia y los esquemas mecanicistas del desarrollo socioeconómico. Era difícil frenar el descrédito, no sólo del marxismo dogmático, sino de teorías como el funcionalismo ortodoxo, las teorías de la dependencia o las perspectivas de la modernización.Sin embargo, la crisis del pensamiento marxista y las teorías de la dependencia no significó que México y América Latina alcanzaran al fin una añorada modernización social y política equilibrada y sostenida, ni que superaran sus graves problemas históricos.Hoy que el actual modelo (el Consenso de Washington) ha entrado en crisis, y ante las numerosas regresiones autoritarias de nuestro tiempo, la conclusión es tan evidente como ambiciosa: urge reconsiderar las ideas que desde los años setenta han guiado nuestros procesos sociopolíticos.Es el caso del marxismo: queda pendiente revalorarlo de manera racional y serena. Ciertamente, hay elementos suyos que no resisten una prueba crítica (su rigidez teórica, su infatuación con la revolución, su teleologismo). Pero hay otros que haríamos mal en no recuperar: por ejemplo, su visión materialista-económica, que puede contraponerse al excesivo énfasis contemporáneo en la identidad y la cultura.Dicha empresa teórica formaría parte de un proyecto más amplio de relectura de la tradición del pensamiento social y político en México y América Latina.Ante la fragmentación excesiva de las ciencias sociales, ante su hiperespecialización y falta de un lenguaje común; ante la carencia que ha tenido la democracia liberal mexicana (y quizá latinoamericana, en general) de una teoría suficientemente amplia y robusta —que vaya más allá de la necesaria cuestión electoral y procedimental— para orientar una reforma del Estado y una auténtica reorganización de la sociedad, abrazar un proyecto de articulación de una gran teoría mexicana podría revigorizar las ciencias sociales y volverlas más relevantes para la vida pública y social e incluso sustentar una segunda transición a la democracia.Para ello, repensar nuestra rica tradición liberal, añadiéndole una dimensión más social, para lo cual cabría revalorar la imaginación marxista —empeñada no sólo en describir y explicar, sino en orientar la praxis hacia la libertad humana—, sería un paso indispensable.