Domingo, 02 de Agosto 2026

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Gabriel Flores: levantar la mirada

Por: Luis Ernesto Salomón

Gabriel Flores: levantar la mirada

Gabriel Flores: levantar la mirada

En ocasiones, para descubrir la belleza y alcanzar su profundidad, es necesario levantar la mirada. Eso sucede al ingresar en el Castillo de Chapultepec y comenzar a subir por la escalera principal. En lo alto, suspendido en la cúpula, aparece ante nosotros un cuerpo que cae. Es Juan Escutia, envuelto en una bandera que gira con él, se retuerce en el aire y adquiere, a un tiempo, la forma de flama, manto y herida.

La escena nos introduce en un instante suspendido. El cuerpo desciende hacia nosotros. Gabriel Flores eligió situar al espectador abajo, en el punto hacia el cual se precipita la figura. Sentimos el vértigo de la caída. El rostro carece de la serenidad de las estatuas, refleja el abandono, dolor y la fragilidad que súbitamente devuelve al personaje heroico su condición humana.

A su alrededor, la guerra ocupa toda la circunferencia. Corceles desbocados, edificios derruidos, ruedas, armas, humo y cuerpos quebrados forman un torbellino. Detrás de Juan Escutia, el águila mexicana parece también herida, casi descarnada: ya no es solamente el ave victoriosa del escudo, sino la imagen de una nación sometida a la prueba terrible de la derrota militar.

El mural, titulado “La intervención norteamericana”, no representa únicamente la batalla de 1847. Para transmitir la magnitud de la tragedia, Flores la concentró en un solo instante en el cual todo está cayendo y, sin embargo, nada termina de caer. La pintura suspende el desastre y hace que vuelva a ocurrir cada vez que alguien entra, asciende los primeros peldaños y mira hacia arriba.

Allí reconocemos a Gabriel con su fina mirada. Lo conocimos como un hombre sensible y profundamente comprometido con la realidad social. Fue nuestro amigo común, Luis Martínez Rivera, quien nos acercó a él y nos permitió conocer, detrás del autor de los grandes murales, a un hombre cordial, reflexivo y atento a las heridas de su tiempo.

En Gabriel, la preocupación social no era una postura añadida al oficio ni una consigna adoptada por conveniencia. Formaba parte de su manera de mirar. Le interesaba el ser humano expuesto al poder, al dinero, a la guerra, a la desigualdad y a la injusticia. Por eso, incluso cuando pintaba héroes, procuraba devolverles su vulnerabilidad. Antes que fabricar figuras, buscaba mostrar a personas enfrentadas a las fuerzas históricas que parecían rebasarlas.

En aquellas conversaciones con Luis Martínez expresaba una convicción que atravesó toda su obra: el arte debía producir consecuencias en la conciencia de quien lo contemplara. Un muro público no podía ser únicamente una superficie decorativa. Debía contener una pregunta, una advertencia, quizá también una incomodidad. Quienes lo trataron lo recuerdan como un hombre preocupado por su entorno, leal a sus principios y convencido de la responsabilidad social del artista. Por eso, en 1951, junto con Guillermo Chávez Vega e Ignacio Martínez, formó el Frente Neorrealista de Jalisco. Sus integrantes buscaban recuperar la función social del arte, despertar la conciencia del creador y afirmar su responsabilidad frente a los demás. No proponían solamente una manera de pintar. Defendían una posición ante el mundo: el artista no debía apartarse de los conflictos de su tiempo ni refugiarse en una belleza indiferente al sufrimiento humano.

En torno a la escuela se encontraban también maestros, compañeros y pintores como Jorge Martínez, José Vizcarra, Rubén Mora Gálvez y Mario Medina. Era un ambiente de búsquedas, afinidades y discrepancias, en el que la conversación sobre la forma desembocaba inevitablemente en preguntas sobre el sentido del arte y su lugar en la vida pública.

Gabriel prefería experimentar y descubrir por sí mismo las posibilidades del dibujo y de la materia. Su inconformidad no implicaba desprecio por el aprendizaje. Al contrario, lo llevó a buscar otros horizontes. Más tarde se acercó directamente al muralismo en la Ciudad de México y colaboró con Juan O’Gorman y David Alfaro Siqueiros en las obras de Ciudad Universitaria.

Sin embargo, no fue un simple continuador de aquellos grandes muralistas. Recibió de ellos la vocación pública, la amplitud de escala y el compromiso social, pero construyó un lenguaje propio. Su pintura se volvió más simbólica, tensa y, por momentos, inquietante. En ella, la historia rara vez aparece como una marcha triunfal. Está habitada por cuerpos que sufren, figuras deformadas, caballos, quijotes, máquinas, ciudades opresivas y seres humanos sometidos a fuerzas que parecen excederlos.

Su obra permanece distribuida en algunos de nuestros espacios públicos más significativos: el Ayuntamiento de Guadalajara, el Teatro Experimental de Jalisco, la antigua Biblioteca Pública, la Universidad de Guadalajara, el Hospital Civil Fray Antonio Alcalde y el Castillo de Chapultepec. Esa presencia constituye una riqueza, pero también encierra una paradoja. Vemos sus murales al acudir a un hospital, entrar en un teatro, atravesar un edificio universitario o subir una escalera. Precisamente porque forman parte de la vida cotidiana, corremos el riesgo de acostumbrarnos a ellos y dejar de mirarlos.

En la cúpula de Chapultepec, Juan Escutia continúa cayendo. El instante no concluye nunca. Cada visitante que levanta la cabeza vuelve a encontrarlo suspendido entre el heroísmo y la derrota, entre la bandera y el vacío. Y en esa caída permanece también la mirada de Gabriel Flores: la del artista capaz de encontrar, detrás de los grandes episodios nacionales, el rostro vulnerable del ser humano.

En este 2026 se cumplen cuarenta años del inicio de los murales que realizó en el Hospital Civil Fray Antonio Alcalde, comenzados en 1986 y concluidos en 1992. La efeméride ofrece una ocasión propicia para volver a su obra, estudiarla y reconocer el lugar que merece dentro de la pintura mexicana.

Porque una obra no comienza a perderse solamente cuando se deteriora o desaparece. También empieza a desvanecerse cuando dejamos de mirarla. Y frente a Gabriel Flores, el primer gesto sigue siendo el más sencillo y el más necesario: levantar la mirada.

luisernestosalomon@gmail.com

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