Domingo, 08 de Noviembre 2026

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El oráculo de los resultados electorales

Por: Augusto Chacón

El oráculo de los resultados electorales

El oráculo de los resultados electorales

Por los resultados de las elecciones en Estados Unidos podemos presumir que, a pesar del populismo y de la desigualdad creciente, la democracia es una vía de escape de esos males. El primero funciona como un estupefaciente moral suministrado a los ciudadanos para alejarlos de la realidad, mediante la repetición de un mensaje que explota sus carencias: el remedio a sus males es el propio populista, mujer u hombre, que suele situar el bienestar en un futuro que se queda en eso, en lo por venir. Lo único que sucede en el presente son sus discursos. La segunda, la desigualdad, demuestra que la democracia ha fallado a la hora de conseguir que las personas perciban en sus vidas que todos son iguales, en muchos ámbitos, entre ellos el económico: pocos con mucho, muchísimos con poco, en una tendencia que luce imparable.

Allá, en Estados Unidos, el 3 de noviembre de 2026, la gente se volcó a votar para poner un alto al populista que acentuó la desigualdad. Él, como los populistas de derecha o de izquierda, trae tortas bajo el brazo: corrupción, anhelo de poder y, naturalmente, autoritarismo, que en el caso de Donald Trump viene acompañado de otros aderezos: nacionalismo exacerbado, clasismo y racismo. Parte de su manera de profundizar la desigualdad consiste en haber encarecido la vida para la mayoría y, en cambio, haber facilitado que sus amigos y allegados, junto con él, se enriquecieran exponencialmente.

La celebración por el triunfo del Partido Demócrata ha sido vehemente, por esperanzadora: una especie de venganza frente al tirano de moda que concita animosidad. El mismo día de la elección, comentaristas de la televisión estadounidense, entre ellos simpatizantes de los demócratas, sin dejar de reconocer y disfrutar el triunfo en la Cámara de Representantes, en el Senado y en muchas gubernaturas, remataban con una frase dirigida a quienes ganaron: “Now they have to deliver”, lo que, en español y referido a la política, podemos traducir como “ahora tienen que dar resultados”. O sea, deben cumplir, responder al mandato ciudadano —que tiene que ver con la legitimidad democrática— y, más profundamente, estar a la altura de la confianza ciudadana, que implica dos dimensiones centrales: ética y política. Es decir, mucho para festejar, pero también mucho de este logro democrático por verificarse en la cotidianidad de la vida de cada cual.

Uno de los resultados que se esperan es el que ayer, en EL INFORMADOR, destacó Luis Miguel González: “El tsunami demócrata que arrasó el 3 de noviembre llegará con propuestas para cobrar más impuestos a los ricos, tanto a nivel estatal como en la legislación federal”. De ser así, será una lucha digna de atestiguarse: en una esquina, las necesidades de la gente —salud, educación y un medio ambiente sano— y, en la otra, la acendrada manía —de Estados Unidos para el mundo— de proteger el derecho de los grandes capitalistas a enriquecerse a costa de lo que sea y de quien sea. Pero ¿en verdad es una disputa únicamente entre quienes ganaron las elecciones desde el bando demócrata y quienes defienden y usufructúan la ideología trumpista-republicana?

Quizá la réplica en las urnas no solo fue un signo de esperanza, sino también un ultimátum para los países considerados democráticos, en los que la desigualdad y las precariedades de la gente están incubando un malestar al que no le bastan las dádivas populistas, que palian pero no resuelven, ni tampoco la democracia electoral, para dar una salida satisfactoria a la presión social. Las revueltas, sobre todo de jóvenes, en naciones europeas y latinoamericanas —las marchas por el agua en Guadalajara no podemos aislarlas de ese malestar— son muestra de que, hasta la fecha, los gobiernos no han dado buenos resultados ni han estado a la altura del mandato ciudadano. De acuerdo con un estudio de Jalisco Cómo Vamos en el Área Metropolitana de Guadalajara, realizado hace unos meses, aproximadamente cuatro de cada diez jóvenes de entre 15 y 29 años opinan que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Qué bien, se antoja pensar, hasta que tomamos otro dato: tres de cada diez creen que “a gente como uno nos da lo mismo”.

¿No podría ser que, en los círculos externos al poder público, haya otros que deban hacerse cargo de una parte de la obligación de deliver? ¿Los ricos tendrían que tomar nota del mensaje en cada boleta y del malestar incubado en la sociedad? Sí, por elemental sentido de justicia y también por un elemental sentido de supervivencia de sus riquezas. Aunque “ricos” es un término poco riguroso, pues los ricos son aquellos que tienen más que quien los califica como tales. En la columna citada, Luis Miguel González señala algunos rangos de acaudalados en Estados Unidos susceptibles de pagar más impuestos: en California, “fortunas superiores a los mil millones de dólares”. Él mismo informa que allá hay 255 personas con semejante patrimonio. En el estado de Washington, en esta misma elección, “decidieron dejar un impuesto de 9.9% para hogares que tengan ingresos superiores al millón de dólares”.

De entrada, sería benéfico que los ricos y toda la sociedad aceptaran que es peligroso permanecer únicamente en el papel de electores y dejar en sus respectivas esquinas a los contendientes de esta lucha que marcará el derrotero de las sociedades: las necesidades de salud, educación y otras, como mera abstracción populista —sin relación con la mala calidad de vida de mujeres y hombres concretos—, frente a lo muy concreto que representa el 1% de los más adinerados y su enriquecimiento galopante. El modelo económico necesita ajustes profundos que, si se quieren indoloros, tendrían que hacerse mediante el consenso. Y también el modelo político: los gobiernos exhiben cada vez más limitaciones para atender demandas sociales que se han vuelto más complejas. Es evidente que solos no pueden y que muchas veces no quieren. Estos ajustes supondrían una revolución por convencimiento: la democracia electoral tomando las armas de la democracia deliberativa.

agustino20@gmail.com

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