Durante un Mundial, la nación parece despertar de golpe. Las calles se llenan de banderas, los rostros se pintan con los colores patrios y millones de personas sienten que pertenecen a una misma historia. Un gol provoca abrazos entre desconocidos, borra por unos minutos las diferencias sociales y convierte al país entero en una sola garganta. Es un nacionalismo afectivo, intenso, espontáneo y explosivo.Pero también es un nacionalismo frágil.La emoción futbolística crea una sensación de unidad que rara vez se traduce en responsabilidad cívica. Al terminar el partido, la euforia se disuelve; y al concluir el Mundial, cada quien regresa a sus preocupaciones, a sus divisiones, a su desconfianza en los demás. La playera vuelve al cajón y aquella fraternidad que parecía tan poderosa no modifica necesariamente la manera en que respetamos las leyes, cuidamos la ciudad, cumplimos nuestras obligaciones o tratamos a los demás.El futbol puede exaltar el amor por un país, pero no basta para construir ciudadanía. Sentirse orgulloso de la selección no equivale a participar en la vida pública, exigir cuentas, rechazar la corrupción o actuar con solidaridad cotidiana. La identidad cívica no se forma con gritos de gol, sino con hábitos, valores y responsabilidades compartidas.Además, el futbol alimenta ilusiones. A veces creemos que el deseo de ganar es suficiente para vencer. Se anuncian campeonatos antes de jugarse (y si sí), se exageran las posibilidades reales y se confunde la esperanza con el análisis. Cuando llega la derrota, aparece la desilusión, porque la fantasía no estaba sostenida por una mirada objetiva.Algo semejante ocurre en la política.La propaganda también sabe vestir de esperanza aquello que solo es promesa. Los candidatos despiertan emociones, fabrican relatos, ofrecen triunfos colectivos y presentan el futuro como si bastara votar por ellos para que todo cambie. Muchas personas no eligen después de analizar, sino después de creer. Y la demagogia se alimenta precisamente de esa necesidad humana de esperar algo extraordinario.La diferencia es grave: una derrota futbolística dura unos días; una mala decisión política puede dañar a un país durante años.Por eso necesitamos aprender a separar la emoción de la realidad. Porque amar a la patria no consiste únicamente en emocionarse cuando juega, sino en trabajar para que sea más justa, digna y habitable para todos. El entusiasmo es valioso, pero debe estar acompañado de un pensamiento crítico. La esperanza es necesaria, pero no puede ser ciega. Una nación madura no solo celebra a sus jugadores; también examina a sus gobernantes, cuestiona sus promesas y exige resultados, reprochando su demagogia.El futbol puede regalarnos una hermosa ilusión de ser mexicanos. La ciudadanía, en cambio, nos pide convertir esa ilusión en conducta, esa bandera en compromiso y ese grito colectivo en una verdadera conciencia nacional.dellamary@gmail.com