Jueves, 26 de Febrero 2026

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“El caballero de los Siete Reinos”: Luchar desde la ternura

Por: Arturo Garibay

“El caballero de los Siete Reinos”: Luchar desde la ternura

“El caballero de los Siete Reinos”: Luchar desde la ternura

El género de “capa y espada” está de tertulia tras el final de la fantástica primera temporada de “El caballero de los Siete Reinos”, la más reciente entrega de la saga “Juego de Tronos”. La “pequeña” serie de HBO Max (de apenas seis episodios de 30 minutos de duración cada uno, en promedio) le ha dado a la imponente mitología de Westeros un inesperado cambio tonal: la intensidad dramática, las ambiciones desmedidas, las intrigas maquiavélicas y la perversidad congénita fueron reemplazadas por la ternura, la dignidad y la búsqueda de la verdad.

Duncan el Alto, también conocido como “Dunk”, es un bonachón y atolondrado caballero vagabundo. De camino a un torneo en el que buscará probar su valía y hacerse de un lugar reputado en el círculo de los hidalgos que posan como defensores de los distintos territorios de los reinos, “Dunk” cruzará caminos con “Egg”, un chiquillo calvo, inteligente y porfiado que le pedirá convertirlo en su escudero. En un entorno de política venenosa y egos agrandados, la dupla afrontará grandes retos desde la generosidad, la humildad, la honestidad, la dignidad, la igualdad y la amistad. Vivir con buen corazón será su acto de resistencia. En ese sentido, los actores Peter Claffley y Dexter Sol Ansell se erigen como estandartes inmejorables de todo lo que la serie ofrece.

El éxito de “El caballero de los Siete Reinos” no es un accidente: la factura de la serie es buenísima, de calidad excepcional no solo en lo técnico (todas las producciones de “Juego de Tronos” han tenido valores de producción de talante cinematográfico, sin excepción), sino también en lo argumental. En estos tiempos que vivimos, cuando se pugna por la destrucción del otro, cuando el odio se ha vuelto signo de aplauso, cuando hemos hecho de la humillación un objeto de escaparate, cuando valores como la paz, la equidad, el respeto, la justicia y la verdad son vistos por “El Poder” como indeseables, la serie creada por Ira Parker y George R. R. Martin nos recuerda que la ficción es un espacio que nos permite imaginar una mejor versión de nosotros mismos.

En este caso, la serie lo logra a través de dos héroes improbables y encantadores hasta el tuétano: un gigantón de ropas raídas, ingenuo e idealista, y un niño de “alta cuna”, privilegiado pero decidido a ser mejor que su linaje, a ser más de lo que dicta su presunto “destino manifiesto”. De algún modo, ambos sueñan con “ser alguien” más grande de lo que son al inicio de la serie… y que ese alguien pueda servir al mundo común para crear una mejor vida (más plena, más digna) para todos. El entramado de grandes personajes lo completan un príncipe heredero (Baelor Targaryen, interpretado por Bertie Carvel, quien nos ha dado un personaje inolvidable, de leyenda), que predica con sabiduría y alza el pendón de la justicia; así como un heredero borracho y casquivano (Lyonel Baratheon, encarnado por Daniel Ings), que logra ver la naturaleza leal y auténtica de las personas y que, a pesar de ser un holgazán libertino, apuesta por el lado correcto (el del desvalido) cuando “Dunk” se mete en problemas.

Quepa decir que, además, tanto “Dunk” como “Egg”, de cierto modo, sintetizan lo mejor del gran acervo heroico de las historias de aventuras de “capa y espada”. Ambos son un poquito Ivanhoe, un poquito mosqueteros, un poquito Robin Hood, un poquito Zorro. Con estos ejemplos me refiero a que los dos encarnan ciertos ideales que se circunscriben a la lucha contra la injusticia y a la búsqueda de la verdad: poner lo mejor de uno al servicio del otro. ¿Cómo no amar una serie así?

“El caballero de los Siete Reinos” es un relato con un gran espectro emocional: te exalta, te apasiona, te transporta, te hace sonreír, te divierte, te entibia el corazón; pero también tiene momentos de inquietud, de desasosiego profundo, de respiraciones cortadas y de lagrimitas furtivas que corren por nuestras mejillas. Es una serie épica muy completa, en la que espectáculo e intimidad se retan a un duelo que termina con ambas bien tomadas de la mano.

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