Domingo, 02 de Agosto 2026

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El arte perdido de escribir cartas

Por: Lucía Chidan

El arte perdido
de escribir cartas

El arte perdido
de escribir cartas

Poner la pluma al papel es un arte que lleva siglos cultivándose. Es a través de cartas que se han dado las noticias más importantes, predicado mensajes de salvación, hecho conocer nuestros sentimientos, cartas que a veces son, como escribe Manuel Alejandro, “amargas y con sabor a lágrimas”, y que otras veces cargan la misma tinta con alegría y con esperanza.

Es a través de cartas que Napoleón escribía a Josefina desde el campo de batalla, haciéndole saber las ganas que tenía de verla. A través de cartas que los Reyes Católicos se enteraron de la llegada de Colón a “las Indias”, y a través de cartas que Sybil Van Antwerp, el personaje principal de la novela “La corresponsal” escrita por Virginia Evans, lleva sus relaciones.

Es por este medio de comunicación que Sybil, una mujer retirada al Norte de Estados Unidos, habla, de una forma pausada y reflexiva sin la posibilidad de atropellarse con la inmediatez de un correo electrónico, con seres queridos y desconocidos. Es a través de este medio que cuenta su historia, que se hilvana en una serie de correspondencias que tejen la compleja red de la vida de una mujer.

La novela comprende el espacio de aproximadamente una década de correspondencia, y solamente correspondencia debido a que es el método predilecto de nuestra protagonista, aunque está salpicado también de un eventual correo electrónico; y es a lo largo de esta década, la séptima de la vida de Sybil, que se enfrenta a la muerte de su ex esposo, a intentar reparar una relación fracturada con su hija, a procesar el duelo de una culpa que lleva más de treinta años cargando. Es a través de esta correspondencia que Sybil descubre sus raíces, las respuestas a las preguntas que, como hija adoptada, nunca se había visto con la necesidad de hacerse.

Y es que hay algo en la pausa de una carta escrita que hoy se nos ha perdido. El tiempo que toma poner la pluma al papel, elegir la palabra antes de que se seque la tinta, y el tiempo que después tiene quien la recibe para marinar su respuesta, para leerla una vez y otra vez antes de sentarse también él a escribir, le da a la comunicación un sentido que la inmediatez de hoy nos ha robado.

Una conversación de WhatsApp, o el hilo interminable de un correo, se pueden mirar y compartir cuantas veces se quiera, se tiene ahí la parte gris y la parte verde de la conversación al mismo tiempo, lo que se dijo y lo que se respondió, uno junto al otro, sin distancia y sin misterio. De las cartas, en cambio, solo se guardan las que a uno le llegaron. Las otras, las que uno mismo envió, viven en otro espacio y en otro tiempo, y hay que imaginarlas, o hay que confiar en que existieron.

A mi abuelo lo conozco solamente a través de las cartas que le escribió a mi papá y a mis tías cuando era joven. He visto su puño y letra, la manera en la que espaciaba las palabras, y lo redondas que le quedaban las o’s. He conocido, en esas cartas, su versión de los hechos, su forma de ver las cosas, y sus muestras de cariño, sin tener nunca el contexto de las cartas que las precedieron ni de las que las siguieron. Cada una es única y es irrepetible en el tiempo, y es valiosa precisamente por lo frágil que es, porque podría desaparecer con algo tan sencillo y tan vital como el agua, o con algo tan cotidiano y tan poderoso como el fuego.

Y es este mismo recurso, el de la pausa y el de la fragilidad, el que Virginia Evans rescata en “La corresponsal”. A través de las cartas de Sybil nos cuenta una historia, y a la vez nos devuelve una manera de vivir y de comunicarnos que ya casi hemos perdido, una manera que exige paciencia, y que exige también fe, fe en que el otro va a leer, va a entender, y va a responder, aunque no haya manera de comprobarlo hasta que la respuesta llegue.

@luciachidan

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