Sábado, 30 de Mayo 2026

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El anarquista liberal (I)

Por: Alonso Solís

El anarquista liberal (I)

El anarquista liberal (I)

El injustamente olvidado Karl Jaspers escribió alguna vez que «ninguna gran filosofía carece de pensamiento político». Lo mismo se puede decir de la literatura.

Pese a lo que pudieran dar a entender sus geniales boutades (la democracia, ese «abuso de la estadística»; los políticos, «personas que se dedican a sobornar, a sonreír, a hacerse retratar y a ser populares»), Jorge Luis Borges abrigaba férreas convicciones políticas.

En 1981 declaró: «Yo soy un viejo anarquista spenceriano y creo que el Estado es un mal, pero por el momento es un mal necesario. Si yo fuera dictador renunciaría a mi cargo y volvería a mi modestísima literatura, porque no tengo ninguna solución que ofrecer. Yo soy una persona desconcertada, descorazonada, como todos mis paisanos» (Medio siglo con Borges, Mario Vargas Llosa, Alfaguara, 2020, p. 36).

Sin duda Borges leyó El individuo contra el Estado (1884), de Herbert Spencer. De ahí que su anarquismo sea más afín al liberalismo clásico que al proyecto de abolir el Estado. Por eso quizá haya que definirlo como un anarquista liberal, ya que ambas tradiciones convergen en el escepticismo del poder, en la reivindicación del individuo y en la premisa spenceriana del Estado como un mal necesario.

A pesar de su breve entusiasmo juvenil por la Revolución rusa, Borges fue consecuente en su rechazo del comunismo y del nazifascismo: dos caras de una misma moneda; el peronismo, por su parte (una suerte de fascismo latinoamericano de baja intensidad), lo horrorizaba: se enfrentó a él con dignidad y valentía.

Al respecto, José Emilio Pacheco subraya «la coherencia y valentía de su antifascismo y de su trabajo para poner en manos de las multitudes a las que despreciaba lo mejor de la literatura universal, en modo alguno sólo europea» (Jorge Luis Borges, Tusquets, 2019, p. 111). No cabe duda de que su ambicioso proyecto literario y educativo (compuesto de publicaciones, prólogos, empresas editoriales y traducciones de autores clásicos) modernizó la cultura latinoamericana. Al igual que el proyecto de Vasconcelos, su proyecto poseía un hondo sentido ético-político: elevar al prójimo, mediante las letras y la cultura universal, hacia la libertad y la autonomía.

Por todo ello, pese a que la política le era «tediosa», la literatura de Borges tiene un profundo cariz político. Creía que, a fin de que nuestra región —a caballo entre la civilización y la barbarie— se pareciera más a la añorada Suiza de su juventud, había que convertirnos en lectores y humanistas, creadores e individuos sin complejos de inferioridad y con el arrojo necesario para discutir como pares con cualquier norteamericano o europeo.

Pero antes había que perder el miedo y asumir que «nuestro patrimonio es el universo» para poder «ensayar todos los temas» («El escritor argentino y la tradición», Sur, 1955). Borges mismo alcanzó esa ansiada universalidad. No extraña, por tanto, que, tras conocerlo, Emil Cioran concluyó que, frente a los latinoamericanos, los escritores europeos le parecían unos provincianos.

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