Hace cinco años abandoné Facebook, Instagram y TikTok. Mi decisión no fue premeditada, sino más bien impulsiva, pensando que pronto regresaría. Pero me di cuenta de que con las redes se fueron también las ansiedades, disfruté más a quienes me rodean y decidí que fuera permanente. Sé, sin embargo, que en la mayoría de los casos esta decisión no es tan sencilla. Las redes se han convertido en una adicción.El 25 de marzo, un jurado de Los Ángeles declaró a Meta y a Google responsables por negligencia frente a riesgos para menores en sus redes sociales. El veredicto condenó en primera instancia a estas empresas a pagar 6 millones de dólares por concepto de daños. Cantidad que pudiera parecer exorbitante, pero es apenas una porción mínima del presupuesto anual de estas compañías.La demandante es una adolescente identificada como Kaley G. M., una joven californiana que comenzó a usar YouTube a los seis años e Instagram a los nueve. En su demanda sostuvo que el diseño de esas plataformas, en específico las recomendaciones basadas en el algoritmo, los scrolls infinitos, los filtros de belleza, los likes y el modelo de notificaciones, contribuyó a que desarrollara uso compulsivo, ansiedad, depresión, dismorfia corporal e ideas suicidas, llegando a pasar hasta 16 horas al día enfrente de la pantalla del celular.Meta y Google apelarán el fallo, pero el resultado podría representar un cambio de paradigma para la justicia de Estados Unidos. Detrás de este, existen miles de expedientes a la expectativa del criterio a adoptarse.Por mucho tiempo las plataformas alegaron no ser responsables del contenido de terceros, lo que las exime en casos como los absurdos retos virales del “clonazepam” o del “apagón”.Es así que este litigio puede transformar el debate, dejar de cuestionar la responsabilidad del contenido de las publicaciones a exigir una rendición de cuentas de quien diseña el andamiaje de las redes.Pero más allá de los tribunales y las consecuencias que puedan tener las compañías, esta adicción es una realidad que exige soluciones antes de que el niño caiga al pozo. Australia en 2024 aprobó una norma que las prohíbe para menores de 16 años, pero cuatro de cada cinco menores siguen usándolas mediante VPN o fechas de nacimiento falsas. Francia, España y el Reino Unido anunciaron medidas similares, pero sin ofrecer una alternativa al fracaso australiano.Pareciera que hemos identificado el problema, pero los políticos quieren cocinar una solución al vapor. Esto lo entendió “Jessie” en “Toy Story 5”, pero asumo que los legisladores no han visto la película.La Unicef ha señalado que prohibir como medida aislada puede empujar a las infancias a entornos menos regulados y más peligrosos del internet. Lo que se necesita es que las empresas rediseñen sus productos con el bienestar de los niños como principio. Que el algoritmo no se convierta en una trampa de ratones.La pregunta que los legisladores deberían responder no es a qué edad se puede entrar, sino por qué el arquitecto no está obligado a construir una salida de emergencia.hecromg@gmail.com