Pocos espacios públicos en Guadalajara tienen la profundidad histórica y bancas tan cómodas y hermosas como el Parque de la Revolución. Es, junto con el Agua Azul y la antigua Alameda, ahora llamado Parque Morelos, uno de los jardines icónicos de Guadalajara. Hoy el parque es una de las esquinas más transitadas de la ciudad: dos avenidas principales (Federalismo y Juárez-Vallarta); dos líneas de tren eléctrico (la 1 y la 2) y dos terminales de rutas de transporte público lo hace hoy el nodo urbano por excelencia. No siempre fue así. El espacio que hoy ocupa el parque fue la Penitenciaría de Escobedo en los límites de la Guadalajara del siglo XIX. Con la expansión de la ciudad hacia el Oeste, a eso que se dio en llamar las Colonias, la inmensa mole de cantera “roja y parda” que ocupaba un predio de 15 mil metros cuadrados se convirtió en “un estorbo”. La demolición, que conectó al centro de la ciudad con las colonias en una vía rápida (el chiste se cuenta solo) comenzó un primero de agosto de 1911 y no se terminó de derruir hasta el 17 de abril de 1933 cuando cayó el muro sur. Unos meses después comenzó a planearse y construirse el Parque de la Revolución.El parque que concibieron los hermanos Luis y José Barragán Morfín (el primero, arquitecto, el segundo, ingeniero) con fuentes y explanadas de cemento rojo y bancas amarillas y al que llamaron “Evolución”, es uno de los espacios públicos más hermosos e intervenidos de la ciudad. La apertura de Federalismo en 1976 le cambió la cara y el uso. La construcción de la estación Juárez, realizada por Fernando González Gortázar en los años noventa (a mi gusto la más bella de la ciudad y probablemente del país por la iluminación y los espacios internos) implicó la aparición de unos muros desconcertantes e invasivos. Sucesivas remodelaciones le fueron cambiando la fisonomía hasta su reconstrucción en 2016 en la que se recuperó su diseño original.En este parque pasa y ha pasado de todo. Desde el mejor y más icónico bar de jazz, el Copenhague, donde tocaba magistralmente el pianista invidente Carlos de la Torre; el restaurante Sancho Panza, en el que los políticos de todos colores discutían el rumbo del Estado; los familiares churros con chocolate de La Bombilla; un tianguis de ropa e incluso un lugar de ligue y prostitución heterosexual y homosexual.La restauración del Parque de la Revolución que hoy entrega el Ayuntamiento de Guadalajara es sin duda una buena noticia. La pregunta, sin embargo, es quién se hará cargo de su manutención, cómo aseguramos que dentro de diez o quince años no tengamos que re-restaurar el parque, sino que exista un presupuesto para que siempre esté bien. Porque no se trata de que los turistas que vengan al mundial lo vean bonito, sino de que los miles de tapatíos que todos los días pasan por ahí tengan un espacio digno para descansar, caminar y disfrutar de árboles y de sus bancas en medio del ajetreo cotidiano.