Martes, 30 de Junio 2026

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Delcy, el sismo y la prueba del sistema

Por: Nadine Cortés

Delcy, el sismo y la prueba del sistema

Delcy, el sismo y la prueba del sistema

En enero escribí que Venezuela no estaba necesariamente ante una transición, sino ante un reacomodo: salía Maduro, entraba Delcy Rodríguez, pero la pregunta seguía intacta. ¿Caía el sistema o sólo cambiaba el rostro que lo administraba?

La crisis llevó esa hipótesis al terreno más duro: el de la vida concreta. Porque una catástrofe no sólo derrumba edificios; audita al Estado. Revela si detrás del mando había instituciones, si detrás del discurso había capacidades, si detrás del poder había confianza.

El primer signo fue simbólico, Delcy no apareció sola. A su lado estaban Jorge Rodríguez, su hermano y presidente de la Asamblea Nacional, y Diosdado Cabello, ministro de Interior y pieza histórica del aparato de seguridad. Familia, Parlamento, control interno. Era el viejo triángulo de poder reapareciendo justo cuando Venezuela necesitaba otro triángulo: confianza, información y auxilio.

Y ocurrió algo más revelador: la respuesta quedó bajo mando militar, con el jefe de la Guardia Nacional Bolivariana encargado de la operación. No es un dato administrativo, es un reflejo del sistema. Ante una emergencia civil, el poder respondió desde su gramática más conocida: centralizar, ordenar, controlar.

En una catástrofe, sin embargo, el poder no se mide por quién aparece al lado de quien manda. Se mide por la capacidad de producir certeza, coordinar ayuda y proteger vidas. Si el reflejo es cerrar filas arriba, mientras abajo la gente busca desaparecidos entre hospitales, escombros y listas incompletas, entonces el problema no empezó con el sismo. El sismo hizo visible una arquitectura previa.

Después aparecieron los hechos que revelan sistema: voluntarios trabajando antes que la maquinaria pública; quejas por falta de equipo y recursos; restricciones de acceso; infraestructura vial dañada; apagones sobre una red eléctrica debilitada; dependencia de rescatistas extranjeros para sostener una respuesta que debió tener músculo propio. No son fallas aisladas, son síntomas de un Estado vaciado por años de opacidad, centralización y subordinación técnica al cálculo político.

Ahí está la diferencia entre relevo y transición. Un relevo cambia nombres, una transición cambia reglas. Un relevo administra el colapso con otro tono, una transición reconstruye capacidades, profesionaliza respuestas, abre información, acepta cooperación sin convertirla en espectáculo y pone la vida por encima del relato.

Delcy no llegó desde fuera, llegó desde dentro. No representa una ruptura con la arquitectura que produjo el deterioro venezolano: la hereda. Por eso la pregunta no es si puede diferenciarse retóricamente de Maduro, sino si puede gobernar contra la lógica que la hizo posible.

Venezuela está ante una bifurcación, no basta levantar escombros; hay que desmontar la red que los produjo. El monstruo visible pudo caer, pero si queda intacta la red de operadores, silencios y lealtades, la tragedia confirma algo más grave que una falla de gestión: confirma que la continuidad también mata.

Mientras tanto, entre cadáveres que se descomponen bajo los escombros, altas temperaturas y servicios rebasados, se advierte otra crisis: no sólo sanitaria, también moral. Porque un Estado que no garantizó seguridad a sus ciudadanos tendría, al menos, que garantizar dignidad a sus muertos.

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