Cada año, el Día Internacional de la Mujer nos invita a reflexionar sobre los avances alcanzados y sobre los desafíos que aún persisten en materia de dignidad, derechos y oportunidades para las mujeres. Es una fecha que no debería reducirse a consignas ni a enfrentamientos, sino convertirse realmente en un momento de repensar sobre el tipo de sociedad que queremos construir.En las últimas columnas hemos hecho hincapié en que estamos viviendo una época marcada por tensiones y conflictos en todos los ámbitos. Pero basta mirar el escenario internacional para darnos cuenta de que la polarización se ha convertido en uno de los rasgos dominantes de nuestro tiempo. Las discusiones públicas con frecuencia se transforman en trincheras donde el objetivo deja de ser comprender al otro para convertirse en derrotarlo, el triste incidente de hace unos días en el que un hombre agredió físicamente a una pareja de adultos mayores es un claro ejemplo de ello. Por ello, sería un error trasladar esa lógica de confrontación a la relación entre hombres y mujeres. La historia nos demuestra que los mayores avances de la humanidad no han surgido de la rivalidad entre los sexos, sino de su cooperación. Las sociedades florecen cuando hombres y mujeres trabajan juntos, cuando reconocen su dignidad y cuando se complementan desde sus talentos y sus características propias.El reconocimiento de la dignidad de la mujer —y la defensa de sus derechos— es una causa justa y necesaria. Debemos ser conscientes de las desigualdades que existen entre hombres y mujeres y que deben atenderse con seriedad: las oportunidades laborales, la distribución de responsabilidades familiares, la participación en espacios de decisión y, sobre todo, la erradicación de cualquier forma de violencia o discriminación. Ignorar estas realidades sería irresponsable.Pero también debemos cuidar que la legítima reivindicación de los derechos de las mujeres no se transforme en un discurso que presente a hombres y mujeres como adversarios irreconciliables. La lógica de la confrontación empobrece la discusión pública y dificulta las soluciones duraderas.La verdadera igualdad no consiste en borrar las diferencias, ni en enfrentar identidades, sino en reconocer la dignidad común y la complementariedad que existe entre hombres y mujeres. Las familias, las comunidades y las instituciones funcionan mejor cuando ambos participan activamente, cuando se escuchan y cuando se apoyan mutuamente.En el ámbito universitario lo vemos con claridad. Las aulas y la investigación se enriquecen cuando hay diversidad de miradas, cuando el talento femenino se desarrolla plenamente y cuando el diálogo se da en condiciones de respeto y colaboración. La formación de las nuevas generaciones exige precisamente eso: enseñar a convivir en la diferencia, reconocer el valor del otro y trabajar juntos por objetivos comunes.El mundo enfrenta desafíos enormes: violencia, crisis institucionales, desigualdad, deterioro social. Ante estos retos, la humanidad no puede darse el lujo de dividirse en bandos enfrentados. Necesitamos más cooperación, más diálogo y más sentido de comunidad.El día internacional de la mujer debe ser una oportunidad para recordar algo fundamental: hombres y mujeres no estamos llamados a competir por el espacio social, sino a construirlo juntos. Cuando prevalece el respeto mutuo, cuando se reconoce la dignidad del otro y cuando se trabaja en conjunto, la sociedad avanza.Quizá el mejor homenaje que debe rendirse a las mujeres que han dado su vida para que las mujeres de hoy tengamos más oportunidades que ellas sea fortalecer una cultura de respeto, justicia y colaboración; una cultura donde cada persona —hombre o mujer— pueda desarrollar plenamente su vocación y aportar lo mejor de sí mismo para la construcción del bien común.Soy mujer, tengo la fortuna de estar casada con un hombre que me respeta, me apoya y me impulsa a ser una mejor persona; tengo cuatro hijos, dos mujeres que espero siempre puedan decidir lo que quieran hacer en la vida y estén rodeadas de hombres que las respeten, y dos hombres que espero sean hombres de bien que respeten siempre a las mujeres y a los hombres con los que convivan y que tengan la dicha de convivir con mujeres que los vean no como rivales sino como compañeros en un ambiente de respeto y ayuda mutua.Porque, al final, el progreso de la sociedad no se mide por quién vence a quien, sino por cuánto somos capaces de construir juntos, hombres y mujeres.