A estas alturas de la temporada ya casi todos enseñaron sus cartas. Milwaukee alcanzó las 100 victorias, Tampa Bay y Dodgers llegaron muy cerca, Atlanta superó las 90, Yankees volvió a colocarse entre los grandes protagonistas y varios equipos consiguieron boleto después de seis meses de desgaste. Todo eso sirve para ordenar la temporada regular. En unos días, sin embargo, buena parte de esa ventaja desaparecerá. Ésa es una de las peculiaridades, y también una de las crueldades, del béisbol de octubre: 100 victorias no valen 100 victorias cuando comienza una serie corta. Al corte del 24 de septiembre, Milwaukee presenta el mejor récord de la Liga Nacional y ha sido uno de los equipos más consistentes de toda la temporada. Dodgers sobrevivió a lesiones, malas rachas, tensiones y a momentos en los que parecía inexplicable que una nómina tan poderosa no pudiera dominar con mayor claridad. Tampa Bay se convirtió en la referencia de la Liga Americana y Atlanta volvió a demostrar que posee uno de los conjuntos más completos de Grandes Ligas. Pero ninguno de ellos recibirá un solo triunfo de ventaja cuando comience su primera serie. Los mejores sembrados tendrán el premio importantísimo del descanso en la ronda de comodines, pero después todo vuelve prácticamente a cero. Ahí es donde el béisbol cambia de naturaleza. Durante la temporada regular se premia profundidad, consistencia, capacidad para sobrevivir lesiones y calidad suficiente para responder durante 162 partidos. En octubre se necesita todo eso, pero también algo mucho más inmediato: ganar hoy. Y aquí reaparece una discusión que Grandes Ligas tampoco ha terminado de resolver satisfactoriamente: la fórmula de los comodines. El sistema ha cambiado varias veces y probablemente seguirá cambiando, pero permanece una anomalía que resulta difícil de explicar. Si existen tres divisiones en cada liga y durante 162 juegos se disputa un campeonato divisional, parecería lógico que ganar cualquiera de esas tres divisiones tuviera como recompensa pasar directamente a la Serie Divisional. Sin embargo, no ocurre así. Actualmente clasifican seis clubes por liga. Los tres campeones divisionales ocupan los primeros tres sembrados, pero solamente los dos mejores descansan. El tercer campeón divisional tiene que jugar una serie al mejor de tres contra un comodín. En la práctica, por tanto, puede existir una diferencia relativamente pequeña entre terminar campeón de una división y llegar como uno de los mejores segundos lugares. No significa que el campeón divisional carezca totalmente de ventajas. Tiene mejor sembrado y recibe todos los partidos de la ronda de comodines en su estadio. Pero sigue obligado a exponerse a una serie cortísima en la que dos derrotas pueden borrar seis meses de trabajo. Ahí aparece la pregunta: ¿para qué existe entonces el campeonato divisional si uno de los tres campeones no obtiene el premio fundamental de evitar esa primera ronda? Antes tampoco convencía completamente el sistema. Hubo épocas de menos clasificados, después apareció el Wild Card, posteriormente el partido único de comodines y ahora tenemos tres comodines y series al mejor de tres. Cada modificación ha buscado mantener más equipos compitiendo hasta septiembre, generar mayor interés y ampliar la postemporada. Comercialmente se entiende. Deportivamente la discusión permanece abierta. Quizá la fórmula más congruente sería sencilla: si se mantienen tres divisiones por liga, los tres campeones deberían avanzar directamente. Los comodines tendrían que disputar entre ellos el derecho de completar el cuadro. Ganar una división recuperaría así un valor inequívoco. Porque actualmente puede ocurrir algo peculiar: un club domina su grupo durante seis meses, termina primero y, sin embargo, debe jugar prácticamente bajo las mismas condiciones de supervivencia inmediata que un equipo que nunca estuvo cerca de ganar su división. Y en una serie al mejor de tres eso es muchísimo riesgo. Una mala apertura puede cambiarlo todo. Un relevista que no encuentre la zona puede destruir en diez minutos lo construido durante seis meses. Un error defensivo, una carrera que no entra desde tercera con menos de dos outs o un batazo que encuentre apenas la raya pueden decidir quién continúa y quién comienza vacaciones. Eso explica por qué las series de comodines son especialmente peligrosas. Al mejor de tres prácticamente no existe margen para recuperarse. Perder el primer encuentro significa colocarse a nueve entradas de la eliminación. Un equipo que terminó quince partidos arriba de otro puede quedar fuera porque durante dos noches el rival lanzó mejor, bateó oportunamente o simplemente recibió el rebote que necesitaba. No necesariamente significa que el formato sea injusto; todos conocen las reglas desde abril. Pero sí puede discutirse si recompensa suficientemente aquello que supuestamente se juega durante toda la campaña: ganar una división. Por eso tampoco conviene confundir récord con condición de favorito absoluto. Milwaukee llegará con 100 victorias y argumentos de sobra. Tampa Bay ha sido extraordinario. Dodgers posee posiblemente la concentración de talento más llamativa. Yankees siempre carga con el peso habitual de su historia y una ofensiva capaz de resolver un juego con un swing. Atlanta tiene experiencia y profundidad. San Diego ha cerrado con mucha fuerza. Cubs ha demostrado competitividad. Y alguno de los que llegue arañando el último boleto puede convertirse en el equipo que nadie quiera enfrentar. Eso ha ocurrido demasiadas veces como para considerarlo accidente. El caso de Dodgers resulta particularmente interesante. Durante buena parte de la campaña pareció válido preguntarse dónde estaba la máquina. Tantas figuras, tanto dinero, tanto poder acumulado y, sin embargo, demasiados tropiezos para lo que se esperaba de ellos. Hoy la fotografía es diferente. Llegaron al tramo final con 97 victorias y con descanso asegurado en la primera ronda. Sobrevivieron. Pero ahora viene la prueba para la que fue construida esa nómina. Porque a Dodgers no se le armó para ganar 97 juegos en septiembre. Se le armó para ganar el último juego de octubre. Eso cambia por completo la valoración de su temporada. Si llegan a la Serie Mundial, muchas de las dudas del verano se convertirán en anécdota. Si vuelven a quedarse antes, cada mala racha, cada lesión, cada discusión sobre la profundidad del pitcheo y cada duda sobre la consistencia de la ofensiva regresará con más fuerza. Milwaukee vive una presión distinta. Su temporada ha sido extraordinaria precisamente porque consiguió producir mucho sin la permanente estridencia que acompaña a otros clubes. Pero también descubrirá pronto que la recompensa por llegar a 100 victorias es únicamente colocarse en una mejor posición para intentar ganar once partidos más. Ésa es la cifra que importa ahora. Once triunfos separan al mejor sembrado de un campeonato si comienza en la Serie Divisional. Trece necesitará quien tenga que recorrer también la ronda de comodines. Todo lo demás empieza a convertirse en antecedente. Y ahí aparecen las preguntas que realmente importan en octubre. ¿Quién tiene tres abridores capaces de dominar una serie corta? ¿Quién posee un bullpen confiable para proteger ventajas mínimas? ¿Quién puede fabricar una carrera cuando desaparecen los cuadrangulares? ¿Quién tiene defensiva suficiente para no regalar outs? ¿Quién puede responder cuando el bateo colectivo entra en silencio? La temporada regular permite sobrevivir deficiencias porque hay tiempo para corregirlas. Octubre las exhibe. Un equipo puede tener una ofensiva espectacular durante seis meses y quedarse sin respuesta frente a dos grandes lanzadores. Puede tener una rotación profunda y descubrir que su bullpen no puede sostener una ventaja de una carrera. Puede contar con estrellas capaces de conectar cuarenta cuadrangulares y perder una serie porque nadie pudo producir una carrera con un corredor en tercera. Por eso la postemporada es tan difícil de pronosticar. El talento importa, por supuesto. La profundidad también. El récord de 162 juegos no es irrelevante. Pero la diferencia entre ganar y quedar eliminado muchas veces se reduce a situaciones que durante la campaña regular parecen pequeñas. Un toque bien ejecutado. Una base por bolas. Un relevo que entra con corredores heredados y consigue el doble play. Un jardinero que corta una carrera con un tiro perfecto. Un bateador que deja pasar un pitcheo malo y obliga al lanzador a entrar a la zona. Eso es octubre. Todavía quedan asuntos por resolver antes de cerrar el calendario. Cleveland y White Sox disputan la Central de la Americana. Houston y Texas permanecen en una lucha extraordinariamente apretada por el Oeste. Philadelphia y Arizona todavía tienen cuentas pendientes en la Nacional. Los cruces pueden moverse y las posiciones finales aún pueden ofrecer alguna sorpresa. Pero la gran fotografía ya está ahí. Tampa Bay, Milwaukee y Dodgers fueron los grandes dominadores. Atlanta y Yankees estarán nuevamente entre los nombres pesados. San Diego llega con impulso. Cubs merece respeto. Y detrás de ellos aparecerán equipos que quizá no impresionen por su récord, pero que pueden tener exactamente lo que se necesita para una serie corta: dos buenos abridores, un bullpen caliente y bateo oportuno. Ahí es donde cambia la lógica. En temporada regular importa ser mejor durante seis meses. En octubre importa ser mejor esta noche. Los mejores sobrevivieron 162 juegos. Algunos dominaron, otros padecieron y varios tuvieron que llegar prácticamente hasta el último fin de semana para asegurar su presencia. Ahora se aproxima la parte en la que desaparecen muchas de las diferencias. Y quizá Grandes Ligas todavía tenga pendiente encontrar una fórmula que consiga dos cosas al mismo tiempo: mantener viva la emoción de los comodines y devolverle a ganar una división todo el valor que debería tener. Mientras tanto, ésas son las reglas. En octubre nadie recibe crédito por lo que hizo en abril. Tampoco por lo que gastó en invierno ni por los nombres que aparecen en su alineación. Y quizá ésa sea la mejor explicación de por qué el béisbol sigue siendo impredecible: puedes demostrar durante 162 partidos que eres mejor que casi todos, pero para ser campeón todavía tienes que demostrar que eres mejor precisamente cuando ya no puedes equivocarte. Porque en octubre 100 victorias ya no valen 100 victorias. Valen exactamente cero cuando comienza el primer juego. Bambinazos61@gmail.com @salvadorcosio1