Los hombres hacen esto, lo otro y lo de más allá, y si quieren ser hombrecitos (el diminutivo funciona como énfasis de la hombría: no que muy hombrecito, a ver si tan hombrecito, etc.), deben comportarse al modo que dictan las buenas costumbres, cuyo único mérito es acumular tiempo, ya que existen, según versiones tenaces, desde que el mundo es mundo, y quizá desde antes, porque hay quienes afirman, sin pruebas, que el mismísimo dios las impuso; con el paso de los milenios se convirtieron en derecho consuetudinario, de los hombres, por supuesto. En la otra ladera, las mujeres deben hacer esto, lo otro y lo de más allá, y si quieren ser consideradas mujeres, deben comportarse como tales, es lo que dictan los representantes plenipotenciarios y sancionadores de las buenas costumbres: los hombres. Condenación eterna, y aún más larga si se trata de una mujer, para quien ose ir en contra de las costumbres. La condenación es suministrada por ciertos hombres.Pero nunca falta la que se hace la desentendida y se organiza para repensar las costumbres que, por alguna razón inexplicable (lo irracional suele ser inexplicable), se impusieron sin el concurso de las mujeres que debían, es la costumbre señera, callar y obedecer. Aquí y por allá, de siglo en siglo, generaciones de revolucionarias fueron adhiriéndose a la idea “exótica”, anticostumbrista, de que las mujeres y los hombres son iguales; tuvieron el atrevimiento de plantear que las diferencias biológicas son sólo eso y no debían emplearse para hacer distingos morales, tampoco intelectuales. En el libro “De animales a dioses”, Yuval Noah Harari lo explica: “la mayoría de las cualidades masculinas y femeninas son culturales y no biológicas, ninguna sociedad corona automáticamente a cada macho como hombre, ni a cada hembra como mujer. Ni estos títulos son laureles sobre los que uno pueda descansar una vez que se han adquirido. Los machos han de demostrar continuamente su masculinidad a lo largo de su vida, desde la cuna a la tumba, en una serie interminable de ritos y desempeños. Y la obra de una mujer no se acaba nunca: ha de convencerse continuamente y convencer a los demás de que es lo bastante femenina.” Un párrafo antes Harari asienta: “son los mitos, yno la biología, los que definen los papeles, derechos y deberes de hombres y mujeres”.La lucha contra esos mitos se llama feminismo, y no es una lucha sólo de las mujeres; es la revolución no armada, pacífica, más importante de nuestra especie. Si algo de civilización está en nosotros, si un afán por la libertad y la justicia es parte de la idea de civilización que nos anima, resulta lógico el incluir a poco más de la mitad de la humanidad, las mujeres, en igualdad plena, con su perspectiva, a la toma de decisiones, a los debates de lo común. Más todavía: en el siglo XXI es vergonzoso darnos cuenta de que la aventura civilizatoria de las sociedades ha ocurrido desde lo que los hombres han pensado, deseado, soñado, codiciado, sin tomar considerar lo que más de la mitad de la población tenía que decir sobre la vida, sobre la vida en comunidad y sobre su propia vida.Pero a toda revolución, parafraseando la tercera ley de Newton, corresponde una contrarrevolución, no necesariamente igual en magnitud y en sentido contrario: si la sensatez y el ser consecuentes con los logros intelectuales, morales y científicos de los seres humanos, lucen razonables, y más: si la revolución feminista es ejemplar para comenzar a erradicar las injusticias y las desigualdades y los autoritarismos que los modos de relación patriarcal han instalado en nuestras culturas como una fatalidad, es inevitable que aparezcan quienes encarnan la acción que se enfila en sentido contrario. Por ejemplo, los varones que se reunirán en Guadalajara por estos días en el “Congreso de Masculinidad más grande de Latinoamérica”, tan contra la lógica civilizatoria, tan a favor de los mitos que buscan perpetuar la injusticia y la irracionalidad, que eligieron para su confabulación un sitio con un nombre que los exhibe nítidamente: el Santuario de los Mártires: padecen a las y a los feministas, les conculcan su acostumbrada masculinidad.De la página en Internet en la que el Congreso explica sus objetivos extrajimos el siguiente fragmento del audio de un video con ansias fallidas de épica: “Nunca es tarde para empezar a cambiar, nunca es tarde para abrir la puerta de tu corazón a dios, él quiere hacer grandes cosas con tu vida. Cuando los hombres rezan juntos rezan mejor. El camino que ofrece el cristianismo es una forma de recuperar la filiación que para un hombre significa aprender el caminode reforzamiento de su propia identidad masculina. Es necesario que dios nos ayude a desarrollarla porque no podemos escondernos ni en el razonamiento, ni en la lógica. La primera herramienta espiritual es la oración. Luchar por lo que creemos que es correcto, luchar por lo que hay en nuestros corazones, eso vale toda la pena.” El plural que emplean abarca sólo a varones, las imágenes lo confirman; y en cuanto a lo anticivilizatorio de su planteamiento, basta recurrir a sus dichos: dejan en manos de dios el desarrollo de su identidad masculina; el razonamiento y la lógica les perecen meros escondites: su combate lo darán con lo que haya en los corazones de hombres que rezan pegados. Si regresamos a Harari: se aferran, para sentirse masculinos, a mitos; y apelan a dios para simular que su gesta es divina, lo sabemos: en lo divino interpretado por los hombres que oran ayuntados, queda implícito que las mujeres no deben salirse del masculino guion.El tal Congreso no pasaría de ser una curiosidad sociológica, sólo que tres gobiernos aparecieron involucrados: el de Jalisco, el de Zapopan, ambos se deslindaron rápidamente, y el de Guadalajara, que hasta dinero aportó, de impuestos que también pagaron mujeres, para seguir mitificando el privilegio violento de ser hombre como se acostumbra(ba).agustino20@gmail.com