Lunes, 25 de Mayo 2026

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1.6 kilómetros sin sombra

Por: Xavier Iturbide

1.6 kilómetros sin sombra

1.6 kilómetros sin sombra

Tuve que caminar 1.6 kilómetros sobre Avenida Patria para encontrar el primer árbol que realmente diera sombra. Veinticuatro minutos bajo el sol de mayo, en una de las zonas más ricas y modernas de la Zona Metropolitana de Guadalajara. A lo largo del trayecto había hospitales privados, agencias de autos de lujo, corporativos, restaurantes aspiracionales y desarrollos inmobiliarios multimillonarios. Había concreto, vidrio, anuncios espectaculares y estacionamientos impecables. Lo único que no había era sombra.

Durante el recorrido observé algo todavía más revelador: varias personas esperaban el camión refugiándose en la mínima sombra proyectada por un poste de luz. No por comodidad, sino porque era literalmente la única protección disponible contra el Sol. Esa imagen resume buena parte del fracaso urbano de Guadalajara: una ciudad capaz de invertir miles de millones de pesos en edificios y pasos a desnivel, pero incapaz de garantizar algo tan básico como caminar dignamente.

El problema no es solamente la ausencia de árboles. El problema es la indiferencia absoluta hacia la experiencia peatonal. Muchos desarrolladores y propietarios diseñan la ciudad únicamente de la línea de propiedad hacia adentro. Mientras exista estacionamiento suficiente y flujo de clientes en automóvil, todo lo demás parece irrelevante. Las banquetas son vistas como un residuo incómodo entre el edificio y la calle, no como parte esencial de la ciudad.

Y quizá no sea casualidad. La mayoría de quienes autorizan, construyen y operan estos espacios jamás usan esas banquetas. Llegan en camionetas con aire acondicionado, entran a estacionamientos privados y rara vez recorren a pie los entornos urbanos que producen. Para ellos, la ciudad se experimenta desde el parabrisas.

El caso de avenida Patria resulta especialmente absurdo porque ni siquiera existen ya cables aéreos en varios tramos de la zona. El reglamento municipal obliga a plantar un árbol cada seis metros y responsabiliza tanto al propietario como al Ayuntamiento de supervisar su existencia.

Ninguna de las dos cosas está ocurriendo. El resultado son corredores hostiles, sin sombra y agotadores para miles de personas que caminan diariamente hacia sus trabajos o al transporte público.

El nuevo Hospital Ángeles Puerta de Hierro ejemplifica perfectamente esta lógica. Una inversión de más de mil quinientos millones de pesos levantó un edificio moderno, limpio y tecnológicamente sofisticado, pero incapaz de dejar un solo árbol sobre cientos de metros de frente hacia avenida Patria y avenida Universidad. Resulta difícil entender cómo una corporación de ese tamaño puede mostrarse tan indiferente hacia el espacio público que rodea su propio edificio.

Pero el problema cambia de forma dependiendo de la zona de la ciudad. En colonias de clase media alta como Providencia, Ladrón de Guevara o Country Club, las banquetas existen, pero llevan años deterioradas. Están rotas, desniveladas y llenas de obstáculos. Caminar largas distancias ahí -especialmente para personas mayores, con discapacidad o con carriolas- es prácticamente imposible. Y no sorprende que muchos vecinos usen el automóvil hasta para recorrer unas cuantas cuadras.

En el centro histórico el deterioro adquiere otro rostro. Banquetas sucias, mosaicos destruidos, registros abiertos y tapas metálicas robadas para venderse por kilo. En barrios como Analco, Mexicaltzingo o alrededor del mercado de la Capilla de Jesús, la basura acumulada termina por normalizar la sensación de abandono. No solamente afecta la movilidad; también erosiona la autoestima urbana y alimenta la percepción de inseguridad.

Luego están barrios como Santa Tere o San Juan de Dios, donde las banquetas desaparecen bajo mercancías, puestos ambulantes y objetos invadiendo el espacio público. Algo similar ocurre sobre Niños Héroes, entre Enrique Díaz de León y la Calzada, donde las tiendas de materiales de construcción y muebles de baño convierten la banqueta en una especie de corredor hostil de postes, rampas improvisadas, basura y obstáculos. No es una banqueta: es una prueba de obstáculos disfrazada de infraestructura urbana.

La banqueta es la primera institución democrática de la ciudad. La usan el rico, el pobre, el niño, el adulto mayor, el trabajador, el estudiante y quien no tiene automóvil. Y precisamente por eso revela las verdaderas prioridades urbanas de una sociedad.
Porque la banqueta no es el espacio sobrante entre la propiedad privada y el automóvil. Es el lugar donde la ciudad se vuelve pública.

Tal vez el verdadero nivel de civilización urbana no se mida por la altura de las torres, la inversión privada o los renders de movilidad sustentable. Tal vez se mida por algo mucho más simple: qué tan dignamente puede caminar una persona común bajo el sol.

La arteria vial conocida como Avenida Patria carece de arbolado en algunos de sus tramos, lo que se traduce en ausencia de sombras. CORTESÍA

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