La noche cayó sobre la Ciudad de México, pero el Estadio Azteca brilló como nunca. Renovado, imponente y vestido de gala, el ahora llamado Estadio Banorte abrió de nuevo sus puertas con una celebración que fue mucho más que futbol: un reencuentro con la historia y una mirada al futuro.Desde horas antes del silbatazo inicial, los alrededores del Coloso de Santa Úrsula se pintaron de verde. Familias enteras, grupos de amigos y aficionados de todas las edades caminaron hacia el estadio con una mezcla de nostalgia y emoción. No era un partido más: era el regreso a casa. Las tribunas ofrecieron un espectáculo por sí solas. Banderas ondeando, cánticos que retumbaban en cada rincón y una energía que parecía acumulada durante meses de espera. Cuando las luces se apagaron por un instante, el murmullo se convirtió en un suspiro colectivo… y entonces comenzó la fiesta.Un juego de luces envolvió la cancha, acompañado de música y fuegos artificiales que iluminaron el cielo capitalino. Cada destello parecía contar una historia, recordar una hazaña, revivir los momentos que han hecho del Azteca un estadio único en el mundo.En ese escenario, donde alguna vez brillaron grandes leyendas y se escribieron páginas doradas del futbol, la afición volvió a ocupar su lugar. No importaba el rival ni siquiera el resultado. Esta noche, lo verdaderamente importante era estar ahí, sentir de nuevo el latido del estadio de cara a la Copa del Mundo de 2026. SV