Hay despedidas que no se anunciaron con estruendo, sino con un silencio que pesó. Así permaneció Guadalajara tras la partida, el pasado 16 de marzo, de Luis García Jasso, un hombre que nunca buscó protagonismo, pero que terminó siendo columna vertebral de la escena artística local.Ayer, la ciudad volvió a decirle adiós. A las cinco de la tarde, las puertas del Templo Expiatorio se abrieron para una misa con sus cenizas presentes. Ahí, entre vitrales y murmullos, se reunieron quienes lo conocieron de cerca: artistas, amigos, cómplices de exposiciones y conversaciones largas. Una hora más tarde, el pulso se trasladó al MUSA, donde no hubo solemnidad distante, sino memoria viva: historias, anécdotas, afectos. Porque hablar de Luis no fue solo hablar del fundador de la Galería Vértice. Fue hablar de alguien que abría puertas -literal y simbólicamente- cuando nadie más lo hacía. Durante décadas su galería fue refugio, plataforma y punto de encuentro. Más de 200 exposiciones pasaron por sus muros, sí, pero lo que realmente importó fue lo que no cabía en las cifras: las primeras oportunidades, las dudas compartidas, los sueños que encontraron cauce.En el MUSA, el homenaje se desarrolló frente a un retrato de Luis García Jasso. Ahí, las palabras no solo lo recordaron: tendieron un puente entre el arte y el hombre que lo hizo posible. La despedida fue colectiva, como su vida. Entre abrazos y memorias compartidas, quedó claro que su legado no se apaga: sigue latiendo en cada artista que impulsó, en cada espacio que ayudó a imaginar, en cada historia que decidió acompañar. CT