Lunes, 02 de Noviembre 2026
Cultura | Día de Muertos

La labor de un sepulturero: Ricos o pobres, todos terminan bajo tierra

Tiene apenas 36 años pero, relata, ha pasado su vida entera entre cementerios, criptas y lozas

Por: Rubí Bobadilla

Como bien recalca

Como bien recalca "El Charro de México": el día que uno muera no se llevará más que un pedazo de tierra. EL INFORMADOR / Rubí Bobadilla

"Ya muerto voy a llevarme nomás un puño de tierra", dice "El Charro de México", Antonio Aguilar, en su tradicional canción ranchera, en la que habla sobre su visión de disfrutar mientras uno está vivo, como un recordatorio de que la riqueza material es efímera y que, al final de la vida, ricos y pobres terminan igual: bajo tierra.  

Esa es también la visión de Christian García, cuarta generación de una familia de sepultureros, quien dice que lo que más aprecia de su trabajo es precisamente el ver cómo no importa si la persona tenía o no dinero y lujo en vida, si tenía casas o coches, o si apenas ajustaba para la comida del día; todos al final del día mueren y terminan en un ataúd a, por lo menos, tres metros bajo tierra.

 Christian García, cuarta generación de una familia de sepultureros. EL INFORMADOR / R. Bobadilla
Christian García, cuarta generación de una familia de sepultureros. EL INFORMADOR / R. Bobadilla

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Tiene apenas 36 años, pero relata que ha pasado su vida entera entre cementerios, criptas y lozas. Su bisabuelo fue de los primeros sepultureros de la ciudad, comenzando la historia familiar como sepulturero del Panteón de Belén; después lo fueron su abuelo y su padre, quien lo llevaba consigo al trabajo desde que tenía apenas 5 años.  

Desde entonces aprendió a ver la muerte como un proceso natural de la vida. Aprendió a convivir con la pena de las familias que pierden a un ser querido y con la idea de que ello era parte del sustento de la suya, pero siempre conservando el respeto y la empatía.

"Desde chico andaba yo en los panteones, y yo lo veía como un trabajo. Ahí andaba yo y poco a poco me iba metiendo: primero con cosas fáciles, que pasando una pala o una cubeta con agua, pero poco a poco uno va aprendiendo del oficio", cuenta.

Muchas personas dicen que son simples albañiles, señala, pero el conocimiento que hay en ellos va mucho más allá (y como si de por sí ser albañil fuera sencillo). Christian lo resalta: "Somos parte del Sindicato Único de Trabajadores en Cementerios, Marmolerías, Industrias de Granito, Talleres de Lápidas y Similares del Estado de Jalisco", justo porque no solo se trata de hacer hoyos en la tierra, bajar un ataúd y volver a tapar el pozo, sino que va mucho más allá.  

Se trata de habilidad para saber atar un ataúd para que no caiga cuando va bajando, se trata de fuerza para cargar las losas, ingeniería para montar y desmontar armazones para subir y bajar varios metros a profundidad.

Cada uno de los sepultureros que forman parte de los cementerios sabe cuestiones como las condiciones de la tierra simplemente por su ubicación geográfica dentro de los panteones, si hay árboles o vegetación cerca; dónde, cómo y cuándo le da el sol, hace cuánto que no llueve o si ya llovió. Todo clave para definir cómo hacer las excavaciones sin que la tierra se desgaje y se les venga encima.

Pero como la vida no es siempre como en las películas, el ataúd en los panteones no entra directamente a la tierra. Quienes nunca han acudido a una inhumación desconocen que las excavaciones se hacen para construir dentro de ellas pequeñas gavetas donde se colocan los cajones de muerto, según el número de espacios que tiene cada familia: una, dos, tres... hasta seis gavetas. Como si fueran pequeños "departamentos" donde descansarán los ataúdes. Y eso también lo construyen ellos.

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Así, cada que se hace una inhumación, Christian, o cualquiera de sus compañeros en turno, debe ir al sitio a analizar las condiciones del terreno para verificar si el espacio cuenta con gavetas disponibles y preparar la excavación para ingresar el féretro, incluso teniendo que remover las losas entre un "departamento" y otro, si es que hay más "inquilinos" en la profundidad.

Si la propiedad no cuenta con estas gavetas, todo el proceso de construcción debe quedar en un solo día, pues bien lo dice Christian: "La muerte no espera a nadie".

Son más de 30 años los que Christian ha coexistido con los cementerios y, aunque ha vivido infinidad de historias, lo más fuerte que ha pasado para él en estas más de tres décadas fue el tiempo de COVID-19, pues, dijo, nadie se acordó de ellos, siendo parte fundamental de la contingencia.  

Recuerda que, al inicio, cuando la muerte de una persona era determinada como consecuencia de un contagio de COVID-19, no se tenía permitido que fueran veladas. Desde que emitían el certificado, las casas funerarias debían ir por el cuerpo y trasladarlo directamente a los cementerios, donde se reunía la familia unos instantes antes de sepultar a sus seres queridos fallecidos.

"Los médicos, los enfermeros y los sepultureros o enterradores fuimos los que estuvimos en contacto directamente con la gente y nunca se nos reconoció. Pero ahí estuvimos al pie", dijo.

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Sepultó a uno de sus mejores amigos, peleó con una bruja que entraba al panteón a dejar amarres, destruyó efigies, fue presa de la magia negra y testigo de cómo el padre de uno de sus compañeros le consiguió trabajo a su hijo cuando, de hecho, había fallecido 25 años atrás. Ante todo ello, ser sepulturero es algo que lo hace feliz.

Christian es abogado, incluso llegó a trabajar en el Poder Judicial por un par de años, sin embargo, decidió dejar ese empleo porque, cuenta, no le gustaba estar encerrado. Lo que a él le gusta es sentir al aire libre, caminar entre las criptas y los árboles, entre la tierra y el mármol, que de igual forma sabe trabajar.

"Yo aquí siento que no estoy trabajando; no lo siento como un trabajo porque me gusta lo que hago. Esto creo que es parte de la vocación, porque es una vocación, tiene que gustar, y a mí de verdad me gusta", dice Christian.

Esa satisfacción y compromiso con su oficio lo llevó, incluso, a conocer Egipto como parte de su trabajo, para conocer más sobre las técnicas de inhumación y embalsamamiento que se implementan en aquella región y cómo lo hacían los antepasados.  

De hecho, se siente muy afortunado de haber participado en una de las exhumaciones de las primeras "momias de Zapopan", que extrajeron del Panteón de Altagracia años atrás, y que por un tiempo fue parte de la exhibición permanente del municipio, que hoy se encuentra abierto al público en el Panteón de Atemajac, a cargo del Ayuntamiento de Zapopan.

Christian conoce perfectamente todas aquellas ideologías que existen en torno a los entierros, no solo de los egipcios, donde cuenta que su cultura enterraba a sus muertos con todas sus joyas y carruajes para que, a donde llegara su alma, llegaran bien armados y trascendiendo con sus bienes, caso similar al de los mayas, quienes creían que sus muertos irían directo al inframundo y necesitarían estar preparados para enfrentarse contra lo que debieran pelear.

Desde el catolicismo, sabe que quienes profesan la fe tienen presente la resurrección de los muertos, y que cuando llegue el tiempo las almas retornarán a sus cuerpos. "¿Y si te creman, en qué vas a resucitar, entonces?".

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Aunque precisamente hoy el catolicismo sí permite que los cuerpos sean cremados y llevados a las iglesias (o que terminen en las viviendas de las familias), y el mito existente es que "un día ya no habrá espacio para más cuerpos", para él el trabajo en los cementerios nunca va a terminar.  

Porque no es que "cada vez haya menos tierra donde sepultar a los seres queridos que se adelantan en el camino", es estar constantemente inhumando y exhumando por cuestiones administrativas o por temas familiares; es dar mantenimiento a las propiedades y a los terrenos; es recibir a quienes han perdido la vida en otros Estados u otros países.  

Además, por supuesto, de los servicios que se atienden diariamente, que por panteón pueden ser de tres a seis diariamente.

Pero sobre todo, opina, seguirá habiendo trabajo hasta que mejore la seguridad en México, considerando que desde 2015 el Código Nacional de Procedimientos Penales (CNPP) prohíbe que el cuerpo de una persona que ha muerto en un hecho ilícito sea cremado o incinerado.

"Y desgraciadamente, ¿cuántos cuerpos no hay en el SEMEFO todos los días o que no han sido identificados todavía?", pregunta de forma retórica, sabiendo que un día habrán de salir y requerirán un espacio en cualquiera de los panteones de la ciudad.

"Y si yo llego a morir, yo, Christian, quiero que me sepulten a lo tradicional. Yo no quiero que me cremen, yo quiero que me traigan al panteón y me sepulten. Si yo crecí aquí y aquí soy feliz trabajando, aquí quiero terminar", dijo el sepulturero.

Así, entre tumbas, ataúdes y despedidas, Christian ha aprendido que la muerte no distingue entre quienes tuvieron una vida llena de lujos y quienes apenas tuvieron lo indispensable, pues al final todos necesitan un lugar donde descansar.  

 
"Aquí quiero terminar", dijo el sepulturero.

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Y mientras él siga en este oficio, que heredó de su familia, continuará preparando y trabajando en ese último espacio en el que terminarán las personas cuyas historias y caminos fueron distintos, pero que comparten el mismo destino.

Porque, como bien recalca "El Charro de México": el día que uno muera no se llevará más que un pedazo de tierra; tal vez por eso hay que darle gusto al gusto, porque la vida es un soplo y se va en un segundo.

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